martes, abril 25, 2017




Mi madre nunca fue como otras madres. No estaba todo el día diciéndonos que éramos muy guapas y que encontraríamos un buen marido, sino animándonos a estudiar, a buscarnos la vida por nosotras mismas. Le molestaba cuando alguna vecina, refiriéndose a mí, decía que era muy lista, que me casaría con un maestro. Mi madre la interrumpía y le decía que no, que la maestra sería yo. Y hemos debido de hacerle mucho caso porque ni mis hermanas ni yo nos hemos vestido de novia. Ninguna de las tres lo hemos necesitado. Cuando nos hemos casado lo hemos hecho de cualquier manera, como quien va a renovarse el carné de identidad. Y tampoco tenemos fotos del evento. Eso sí, nuestros titulos de licenciadas y doctoradas, han ido cayendo, a veces fuera de tiempo, cuando ya habíamos superado los treinta años, o los cincuenta en el caso de mi hermana mayor.
Mi madre nunca hizo cenas de Navidad como otras madres, le daba mucha pereza meterse en la cocina y cuando lo hacía, de mala gana y a regañadientes, ya era demasiado tarde para que el pavo se hiciera y había que improvisar algo sobre la marcha y dejar al animal para la comida del día siguiente. Y acabábamos cenando sardinas, que era la comida preferida de mi padre. Siempre fue muy feminista aunque nunca lo supo. Y también era muy inteligente aunque tampoco tuvo consciencia de ello. Y muy ingeniosa. Recuerdo que con nueve años me mandó a pagar la iguala del médico, porque ya se había acabado el plazo de pago y esperaba que siendo yo una cría el médico no me regañara. Pero se equivocó. El médico me encargó que le dijera a mi madre que cuando nos pusiéramos enfermos nos visitaría tres días después. Cuando volví a casa y transmití a mi madre el recado, mi madre me dijo que fuera a decirle a ese buen hombre que no se preocupara, que le avisaríamos tres días antes. Aún recuerdo la cara de sorpresa del facultativo y su silencio.
Era una madre con la que se podía hablar de todo y en cualquier momento. Todo lo demás podía esperar. A mi madre nunca le importaba que los portales estuvieran sin barrer o la mesa sin quitar, eso era secundario para ella. Lo más importante era que pudiéramos hablar y que todo nuestro tiempo lo dedicáramos al estudio.
Siempre fue muy cortoplacista. Se preocupaba por el curso que empezaba, porque pudiéramos estudiar ese año y al siguiente ya se vería. Y se gastaba en pagar al maestro el dinero que no tenían. Recuerdo que un año fue a pedirle a una de sus hermanas que le prestara mil pesetas para poder comprarnos los libros de tercero o cuarto de Bachillerato. Fue la única vez en toda su vida que la vi pedir dinero prestado. Nunca salió de Buenasbodas, su pueblo, aunque vivió quince años en Benidorm. Siempre estuvo allí de paso, con sus animales en la terraza del apartamento, sus viajes anuales al pueblo y su esperanza de volver cuanto antes a su tierra.
Mi madre, que nunca fue a la escuela, proyectó en sus hijas, más que en su hijo, su ambición de ascenso social y de superación intelectual. Siempre fue ella, y no mi padre, la que tomaba las decisiones, la más fuerte de la pareja, la que soportaría la muerte del otro. Y lo soportó mal, muy mal. Cuando mi padre murió, hace once años, se dio de baja de la Asociación de mujeres del pueblo, con las que se reunía y viajaba; de la Asociación de jubilados con los que participaba en bailes y concursos. Y se recluyó en su casa.
Quizás ahora a la vejez sí se ha acabado pareciendo a las otras madres, en ese olvidarse cada vez más de las hijas que ya envejecen, en ese volverse cada vez más importante para sí misma. Ya no va al cementerio a visitar la tumba de mi padre, como hizo a diario durante años y cualquier papeleo le quita el sueño. Pasa horas con la tablet leyendo los libros que le descarga mi hermana Nieves, o haciendo sudokus, o jugando al Candy Crush. Y como en la Casa tomada de Cortázar, va abandonando poco a poco los espacios de la casa que habita. Y en invierno apenas sale de su habitación. Ya no sube a la planta de arriba que para ella no existe desde hace años. Sale al corral a atender a sus gallinas, con los gatos corriendo tras de ella y creo que a veces envidia a esas vecinas que nunca animaron a sus hijas a estudiar y siguen viviendo en el pueblo junto a ellas.




lunes, marzo 27, 2017




Benidorm es una ciudad que no se avergüenza, no se avergonzaba cuando era un pueblo pequeño y sigue sin avergonzarse ahora que es una de las ciudades más grandes de las costa mediterránea. Está acostumbrada a sentir el menosprecio de los que nunca pusieron un pie en sus calles ni piensan hacerlo, de los que se sienten superiores al hablar de ella con desdén, esos que no saben de su luz y de los efectos que esa luz tiene en los estados de ánimo. En las grandes ciudades se toma Prozac para poder seguir viviendo, pero en Benidorm no es necesario: sus trescientos días de sol son el mejor antidepresivo.
En realidad, es más un pueblo que una ciudad, y los que viven en ella de toda la vida lo sienten así. Tiene sus fiestas patronales, sus fallas, sus moros y cristianos, sus procesiones de Semana Santa. Los que la habitan desde siempre van a comer paella donde Manolo o a tomar el aperitivo donde Enrique, ese bar junto a la iglesia, con buena música y unas vistas inmejorables, que no aparece en ninguna guía ni falta que le hace. O van el sábado a comer cuscús al restaurante del camping El Racó y en la sobremesa buscan en el horizonte al Puig Campana.
En Benidorm los rascacielos parece que nacieran de la tierra, impulsados por una fuerza invisible. Apenas se ven obras, ni grúas, y de pronto, de un día para otro, aparece un nuevo edificio estrecho y puntiagudo que se eleva hacia el cielo. Pero la gente del pueblo no les presta mucha atención, no suelen mirar hacia arriba, a esa ciudad que no conocen porque es la de los turistas, Las nuevas construcciones surgen como el enigmático monolíto de la película de Kubrick, al que la silueta del Intempo recuerda al anochecer. Es tan imponentemente alto que sus dos torres paralelas unidas por un cono invertido de tonos dorados, casi da miedo. Representa, como ningún otro, la burbuja inmobiliaria. Se alza frío y vacío, jamás acabado, esperando a un comprador que lo concluya y abra sus puertas.
Fue la primera ciudad en la que viví, con poco más de dieciséis años, y desde el primer momento me cautivó. Antes había pasado dos cursos en Talavera de la Reina, que para mí siempre fue un poblacho grande, lleno de pretensiones, provinciano y clasista. Benidorm era otra cosa, tenía mar y aunque entonces solo había un edificio alto, la torre Coblanca, ya se le veían maneras cosmopolitas, todo estaba plagado de rótulos en inglés y nadie se volvía a mirarte por la calle llevaras lo que llevaras puesto.
Cientos de miles de personas pasan por ella cada año, pero es difícil encontrar en España un lugar con tanta pulcritud en sus calles. Benidorm es una ciudad obsesionada por la limpieza, El paseo marítimo se abrillanta como si fuera el hall de un hotel neoyorquino y no hay chicles pegados y ennegrecidos en las aceras como ocurre en las calles madrileñas. Las papeleras se vacían tan a menudo que no da tiempo a que se desborden y difícilmente encontrarás una botella de plástico en el borde del mar ni una colilla enterrada en la arena. La arena de la playa se filtra todas las madrugadas mientras los buscadores de oro -cadenas, sortijas, pendientes- se afanan con sus detectores de metales esperando ese pitido que les avise del hallazgo. Antes de que salga el sol y aparezca el primer bañista la arena está impoluta, limpia de desperdicios. Y de objetos de valor.
Lo que si hay, en invierno, son muchos abuelos. No son personas de la "tercera edad" como quieren hacerles creer eufemísticamente. Son "abuelos", una palabra de mayor dignidad. Se reúnen en el parque de Elche, que ellos han rebautizado como el parque de las palomas, justo al principio de la playa de Poniente. Pasan allí la mañana, mirando a la gente. Visten de oscuro, con una formal seriedad, como cuando van de viaje, porque quizás no sepan que en Benidorm siempre es verano. O simplemente les haya dado pereza echar en la maleta ropa más acorde. También es posible que se les olvide de un año al siguiente los veinte grados de enero y que no tengan a nadie que se lo recuerde. No se acercan al borde del mar porque no llevan chanclas. Seguro que se consuelan pensando que el agua está fría y la arena se quedará pegada a todas partes y no habrá quien se libre de ella.
Miran. Miran con curiosidad a los que bajan a la playa a hacer gimnasia con la monitora del ayuntamiento o a los que cantan en el coro, y si alguien les hace un gesto de que se animen, se encogen como si no quisieran ser vistos, como si su única función allí fuera la de mirar pero no la de ser mirados.




sábado, febrero 25, 2017




La pelirroja

Hay algunas personas que son insustituibles. No estoy hablando de esas personas tan cercanas a mí que son como una prolongación: mi consorte o mi hijo, por ejemplo. Hablo de esas relaciones que parecen pequeñas mientras las vives pero que cuando te faltan dejan un vacío que nadie puede ocupar. A mí me ha pasado con Sonia.
Lo primero que tengo que decir de ella es que es muy guapa. Tiene unos ojos preciosos, una bonita figura y una viveza rara y poco común. Es muy lanzada y hay veces que parece que se va a comer el mundo, pero en otras es puro sentimiento y parece que el mundo se la va a comer a ella. Es ingenua, atrevida, cariñosa, divertida, alegre y, sobre todo, es muy gansa. Muy, muy gansa.
Después de dos años y medio o tres de su marcha me pregunto por qué la echo tanto de menos.
Quizás la extrañe porque nunca nadie me ha vuelto a decir "Te quiero tanto, amiga" como ella me lo decía tan a menudo, o porque desde que se fue ya no tengo amigas que tengan tatuajes discretos aquí o allá, ni mucho menos que se hayan tatuado el nombre de su abuela en el cuello.
Quizás la razón sea que echo de menos el color rojo de su pelo. Sonrío cuando recuerdo que un día alguien le preguntó que si el color era suyo, y ella le contestó que por supuesto. Y como el chaval se disculpara diciendo que él creía que todas las pelirrojas tenían pecas, mi amiga le soltó: "Tú no tienes mucho mundo, ¿eh?". Y luego se partía de risa contandómelo y apostillando que tampoco ella tenía mucho mundo, pero calle sí, calle tenía mucha.
Quizás no la he olvidado porque cuando se fue, primero a Ibiza y después a Miami, me dejó muchas cosas suyas: una camiseta gris con una cadenita en el cuello que yo nunca me hubiera comprado pero que me pongo siempre que tengo un taller; un abrigo de mezclilla beige y marrón que según mi consorte es el que mejor me queda de todos los que tengo; unas mallas negras que me sientan como un guante y un paraguas de estampado atigrado, que nunca uso porque no quiero perderlo, pero que está muy presente en el hall de mi casa junto a otros más anodinos.
O quizás porque desde que Trump es presidente temo que pueda tener problemas al estar sin papeles. Aunque es posible que lo resuelva pronto si consigue encontrar alguien con quien casarse por conveniencia, ella que siempre quiso casarse por amor.
Me gustaba pasear por el centro de Madrid con Sonia los días que hacía sol porque siempre llevaba una sombrilla para protegerse la cara e íbamos dando el cante allá por donde pasábamos.
Tampoco la he olvidado porque no he vuelto a encontrar a nadie que después de comer en mi casa se tumbe en uno de los sofás y se quede dormida la siesta. No necesitaba decirle que se pusiera cómoda, que se descalzara, ella y yo sabíamos que estaba en su casa. Al despertarnos bajábamos a la piscina y en la misma tarde se hacía amiga del socorrista brasileño, de dos gemelos de solo dos años y de una vecina ya mayor a la que desde el agua le decía que era muy guapa. Así se las gastaba ella.
Desde que se fue ya no tengo a quién preguntar si un chico es gay o no: cuando alguien tenía dudas yo le prometía consultarle a mi amiga Sonia que en eso era infalible. No falló ni una sola vez.
Con quien si falló a veces fue con sus novios, algo que a mí siempre me sorprendió y que dejaba en muy mal lugar al género masculino. Como no podía olvidar a uno de ellos pidió ayuda a una terapeuta quien le aconsejó comprar varios metros de cadena en una ferretería. Debía llevar la cadena en el bolso durante varios días y luego enterrarla en un lugar concreto siguiendo un ritual. Al novio no sé si lo olvidó pero el bolso casi se lo destroza por cargar con ese lastre.





viernes, enero 27, 2017




De todas las historias que me han contado a lo largo de mi vida esta es, probablemente, la que más me ha sobrecogido. Me la contó una desconocida en un viaje en autobús de Madrid a Alicante. Por entonces yo aún no había cumplido los treinta y ella no creo que llegara a los cuarenta, pero lo que me narró lo había vivido con treinta y cuatro años. No recuerdo cómo llegamos hasta ese punto, empezamos a hablar al salir de Madrid y charlamos de tonterías hasta que le pregunté si tenía pareja y me contestó que sí, desde hacía bastantes años, y que había pasado por todas las etapas, me dijo. Hemos vivido cosas muy curiosas me confesó, y yo la alenté a que me contara alguna de ellas. La que ella quisiera pero con detalle. Siempre me ha gustado que me cuenten historias, me gusta saber cómo viven los demás sus vidas, de la misma forma que me gusta leer libros de memorias. No la interrumpí en ningún momento, ni siquiera cuando de pronto guardaba silencio y parecía que no iba a continuar, volvía la vista hacia la ventanilla y se olvidaba de que yo estaba allí y luego de repente continuaba.

Esto fue lo que me contó.

"Llevábamos juntos algo más de seis años y, aunque cada uno seguía viviendo en su casa, nos veíamos casi a diario y yo me iba a su casa a dormir muy a menudo. Ese verano habíamos viajado con el dos caballos por Asturias y Galicia, yendo por la costa de pueblo en pueblo, decidiendo cada día dónde dormir y sin destino aparente. Nuestra relación seguía siendo muy sartreana, nosotros éramos los necesarios pero a veces aparecía algún contingente. Al principio los contingentes siempre habían sido femeninos, yo no tenía ningún interés en vivir contingencias, pero en los últimos años tuve dos breves historias que me hicieron ver, sobre todo la segunda, lo atractivo que puede llegar a ser tener dos relaciones simultáneas.
En octubre empecé a leer las páginas de contactos de una revista literaria y me entraron deseos de poner un anuncio, me atraía la posibilidad de mantener correspondencia con desconocidos. Contraté un apartado de correos, redacté un anuncio del que solo recuerdo que decía que estaba interesada en la seducción intelectual y lo remití a la revista. Al día siguiente se lo conté a mi pareja, al principio se mostró sorprendido pero le tranquilicé diciéndole que le leería todas las cartas interesantes que recibiera.
A la semana de salir el anuncio fui al apartado y recogí más de una veintena de cartas. Una de ellas llamó poderosamente mi atención. La leí tantas veces que me la aprendí de memoria. Decía lo siguiente:

No he podido resistir la tentación. Siempre he deseado ser seducido, observar las maniobras que se despliegan frente a mí en ese asedio sutil e incruento que es la seducción, y premiar con mi rendición una estrategia acertada.
Te voy a contar algo de mí: soy sociólogo, 33 años, 175, delgado y con bastante aceptación. Trabajo en el Ministerio de Sanidad.
No te voy a dar muchas pistas acerca de las imágenes que me turban, es tu labor descubrirlas; pero si mi carta te despierta el instinto depredador, podrías empezar por contestarme describiéndote; doy por hecho que tienes las cualidades obvias, pero a mí me interesan las otras, las más oscuras. Por ejemplo, qué piensas cuando te vistes para una cita, al ajustarte las medias delante del espejo, al abotonarte la blusa, al pintarte los labios. ¿Piensas en la mirada que te recorrerá, en lo que dejarás ver y en lo que ocultarás? No tengo demasiado urgencia por quedar contigo, prefiero esperar tu respuesta y que el deseo surja de las imágenes que crees.
Creo que debo decirte que tengo pareja desde hace tiempo. Confío en que no te importe, porque presumo y deseo que no sea ese el territorio de juego. De momento, por razones que comprenderás no puedo darte dirección o teléfono. Puedes escribirme a este apartado de correos.
Un beso,

Quería contestarle cuanto antes así que fui a mi caja de postales, elegí una reproducción de un cuadro de Nicolas de Staël y escribí en el dorso lo siguiente:

Esta no es la respuesta que esperas, lo sé. Te prometo una carta larga y sugerente.
Pero quería decirte, sin más dilaciones, que me ha encantado tu carta. Es, increíblemente, la carta que yo me hubiera escrito: el mismo tono, el mismo lenguaje, las mismas imágenes... También yo tengo pareja estable desde hace años, una excelente relación, por otra parte.
La referencia del apartado me parece perfecta, no necesitabas disculparte. Adoro las demoras.
Besos,

Por la noche mientras cenábamos en un restaurante le hablé a mi pareja de las cartas que había recibido y sobre todo de la que tanta impresión me había causado. No se me iba de la cabeza, procuraba contenerme para no resultar pesada ni parecer excesivamente interesada pero no podía disimularlo: esa carta había llegado en el momento preciso y no paraba de hacer conjeturas sobre el remitente.
Dos días después escribí la larga carta prometida y me dispuse a esperar su respuesta. Iba casi a diario a la oficina de correos y aunque siempre había alguna carta, de los rezagados que habían leído mi anuncio tarde, ninguna era la que yo esperaba.
En mi casa a menudo leía de nuevo su carta, y también mis respuestas, tenía copia porque siempre paso las cartas a limpio, preguntándome el porqué de su silencio. No lo podía entender, habían pasado casi dos semanas y seguía sin recibir noticias.
El fin de semana siguiente lo pasé en casa de mi pareja y como siempre hacía me preguntó si había recibido más cartas, si había recibido respuesta de aquel tipo tan interesante. Le dije que sí que seguía recibiendo cartas de vez en cuando pero que la que yo esperaba nunca llegaba. Entonces se acercó a mí y me dijo que dejara de esperar, que nunca recibiría esa carta porque todo lo que tuviera que decirme prefería decírmelo de viva voz, la carta la había escrito él. No me lo podía creer, no me lo quería creer, pensaba que me estaba tomando el pelo y no me convencí hasta que sacó de su cartera un recibo del apartado de correos que había contratado para escribirme.
No suelo llorar con facilidad pero en ese momento sentí que algo se rompía dentro de mí y empecé a llorar con ganas, con ruido, mientras le recriminaba su actitud, nunca le podría perdonar que me hubiera desilusionado de esa forma. El intentaba consolarme diciéndome que lo viera de otra manera, diciéndome que no necesitaba seducirle, que le tenía ya seducido, pero yo seguía llorando y entre hipos levanté dos dedos de una mano y le dije que sí, pero que yo quería dos."

El autobús había dejado Elda atrás y la desconocida se volvió hacia mí: tenía los ojos brillantes y me sonreía. Los kilómetros restantes los hicimos en silencio. En Alicante nos dijimos un tímido adiós y me di cuenta de que no sabía ni siquiera su nombre. Me dije que si alguna vez volvíamos a encontrarnos se lo preguntaría.




lunes, enero 16, 2017




A primeros de febrero mi hermana y yo aterrizamos en Madrid. Nada más bajarnos del autobús dejamos las maletas en la consigna de la estación y nos compramos el diario Ya. Había salido el sol pero el frío que hacía me trajo a la memoria los largos inviernos de Buenasbodas y me hizo añorar los cálidos inviernos de Benidorm y, sobre todo, esa luz que cuarenta años después aún sigo echando de menos. Las manos se me quedaban frías y la chaqueta que llevaba, que para Benidorm era suficiente, se quedaba corta para los rigores de Madrid. Nos sentamos en un banco del paseo de la Florida y marcamos todos los anuncios de trabajo doméstico en los que necesitaran una persona interna. Cada tanto íbamos a una cabina telefónica cercana y llamábamos preguntando por las condiciones de la oferta de trabajo y exponiendo las nuestras: necesitábamos la tardes o las mañanas libres para seguir estudiando. Esto último desconcertaba a la mayoría de las señoras: la libranza era la tarde del jueves y del domingo, nos decían, y lo que nosotros planteábamos no les cuadraba.
A mediodía empezamos a desesperarnos. No era tan fácil conseguir un trabajo con tanta urgencia y temimos gastarnos las doscientas pesetas que habíamos traído en pagar una pensión para pasar la noche. Además, ya habíamos ido varias veces del banco a la cabina y los hombres de un bar cercano nos hacían señas y nos miraban, y a nosotras eso nos violentaba. De repente me parecíó que no sólo esos hombres, sino todo el mundo que pasaba por la calle nos miraba. Creí que se notaba demasiado que no éramos de Madrid, que éramos unas recién llegadas, unas extrañas vulnerables y fuera de sitio. Un blanco fácil.Yo miraba a las chicas jóvenes que pasaban por delante de nosotros y quería ser como ellas: quería tener prisa, quería tener un sitio a donde ir, quería ser normal y dejar de una vez ese banco frío que se había convertido en nuestra primera residencia en Madrid. Lo que nunca se me pasó por la cabeza fue renegar de haber emprendido ese viaje y mucho menos responsabilizar a mi madre o a mi hermana por embarcarme en ello.
A primera hora de la tarde conseguimos una cita y esa misma noche empezamos a trabajar. Nos cogieron a las dos. Era un matrimonio con cuatro hijos varones. Vivían en un piso enorme en la calle Diego de León a dos pasos de donde dos años antes habían asesinado a Carrero Blanco. Era una casa muy tradicional: a la señora se le llamaba señora, al señor de don. A los cuatro hijos, de entre nueve y quince años, los llamábamos por sus nombres de pila. Mi hermana y yo nos ocupábamos de la limpieza y de los niños y la señora cocinaba para todos. Era una mujer seca y antipática que nos anotaba detallada y minuciosamente las tareas que teníamos que hacer al día siguiente, qué recipientes utilizar, qué cantidad de limpiador echar y cuántas pasadas había que dar. Era una relación casi exclusivamente epistolar, rara vez nos decía algo de viva voz, todo se resolvía por escrito. Estaba más interesada en las cuestiones domésticas que en sus cuatro hijos y ellos mostraban cierto desapego hacia ella. A los pocos días ya nos habían puesto al tanto de que su padre tenía una amante, cuestión que parecía no importarles en exceso. El trato con los niños fue estupendo desde el principio y aún hoy en día recuerdo a los Cansino con mucho cariño.
Sin embargo, vivir en una casa ajena era lo que peor llevaba. Había pasado los dos últimos años en un hotel y podría pensarse que estaba acostumbrada a vivir en sitios ajenos, pero la vida en el hotel era como estar en familia, de hecho así se llamaba a toda la gente que trabajaba allí: la familia, y se hablaba del comedor de la familia y de las habitaciones de la familia. Ahora todo era muy distinto. La única familia aquí eran ellos seis. Nosotras éramos un apéndice útil pero incómodo. Tenía la sensación de trabajar durante todo el día y toda la noche, me sentía siempre expuesta, no tenía intimidad alguna y estaba rodeada de objetos que me eran extraños: nada me pertenecía, ni las sábanas en las que dormía ni el uniforme que vestía, ni mucho menos el vaso que accidentalmente rompía. Cuando años después he oído a alguien decir que lo peor de que se caiga algo y se rompa es que luego hay que recoger los añicos, siempre me he quedado con las ganas de decir que no, que lo peor es tener que dar cuenta a alguien de que ese vaso se ha roto. Y soportar su mirada.




sábado, noviembre 26, 2016




Mi otro yo, el yo fabulador, lo heredé de mi padre. A él, como a mí, le gustaba cambiar la realidad, sustraerse a ella, quizás por esa razón casi siempre estaba contento. Cuando la conoció, le dijo a mi madre que tenía un año menos, porque debió pensar que seis años de diferencia eran excesivos pero cinco ya eran razonables. Mi madre, durante toda su vida, le reprochó que fuera en el Registro Civil, el día de su boda, cuando se enterase del engaño. A mí padre ese incidente no le parecía importante. Ni a mí tampoco.
Mi otro yo estuvo dormido durante los años que viví en el pueblo, quizás porque allí era difícil inventarse nada, todos sabían lo que les ocurría a los otros. No podías salir a por el pan y volver diciendo que habías estado en la ópera, como años después leí que hacía Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, o quizás simplemente es que estaba resignada a que no me pasara nada. Vivir en un espacio tan cerrado, tan estrecho, es tan poco saludable que la desidia se apodera de ti y te abandonas.
Vivir junto al mar ya fue otra cosa, y cuando a los dieciséis años me fui a Benidorm empecé a apuntar maneras de impostora. Por entonces trabajaba de camarera de comedor en un hotel. El ritmo era tan frenético que en ocasiones resbalábamos e íbamos a parar al suelo. Como es natural, se armaba un alboroto, pero finalmente los compañeros se reían y los clientes terminaban aplaudiendo. No había pasado nada grave. En mi primera caída, mi otro yo me sugirió que me hiciera la “muerta”, que simulara un desmayo. Y me quedé quieta en el suelo hasta que vinieron en mi ayuda. Fingí que recobraba el conocimiento poco a poco, me ofrecieron un vaso de agua y salí del comedor apoyada en el brazo del maitre.
De los quince a los treinta fueron mis años más activos como simuladora, inventaba a diestro y siniestro, no me cortaba ante nada ni ante nadie. Si algo de lo que me rodeaba no me gustaba, le daba la vuelta y lo amarillo se convertía en rojo, lo aburrido en divertido y lo cotidiano en extraordinario.
Una de las historias que más disfruté fue la del arquitecto. Tenía yo entonces veintiocho años y estaba enamorada perdidamente de un chico, al que llamaré S, que no me correspondía con el mismo entusiamo. Me incomodaban tanto sus coqueteos con otras que pensé que lo mejor sería que sufriera en carne propia esa desagradable sensación. Me inventé un “novio” extra y lo hice arquitecto porque a S la arquitectura siempre le había parecido una ocupación interesante (por esa mezcla de técnica y arte que, al menos en teoría, se les supone a los arquitectos). Mi “arquitecto” era de Barcelona, pero vivía temporalmente en Madrid, en un ático precioso en la calle de la Bola. Por entonces el sueño de S, que vivía en un piso interior, era tener una casa con mucha luz, y ya me ocupé yo de señalarle el ático de mi enamorado ficticio un día que paseábamos por el barrio de los Austrias.
La relación con el arquitecto era perfecta para mis fines: que S se tomaba una caña con su ex, pues el arquitecto me llevaba a cenar; que, más tarde, S y yo nos reconciliábamos y estábamos diez días seguidos sin despegarnos el uno del otro, pues el arquitecto siempre tenía algo que hacer y no me llamaba. Además era muy obsequioso y, providencialmente, siempre me mandaba flores el día en que S iba a mi casa, y no unas flores corrientes, qué va, era de gustos muy refinados. Siempre solía llamarme en el momento oportuno. Yo disfrutaba haciendo risas con él por teléfono mientras S disimulaba su enojo. El arquitecto viajaba mucho, pero casi siempre sus viajes coincidían con periodos en los que S y yo estábamos bien. Y se fue a vivir a Nueva York casualmente cuando mi relacion se estabilizó.
Años después le confesé a S lo mal que había llevado esos coqueteos. ·Tampoco tú perdiste el tiempo”, me contestó. “Lo perdí a mi manera -le dije-, el arquitecto sólo existió en mi imaginación”. “¿Y las flores?” “Las flores me las enviaba yo, me dejé una pasta en el Bourguignon de Alonso Martínez”. “¿Y el ático del barrio de los Austrias?” “Ni idea de quién sería, pero me gustaba por las plantas que tenía”. “¿Y las llamadas telefónicas?” “Eso se lo encomendé al despertador automático de Telefónica. Eso sí, me dolía la oreja de tanto apretar el auricular para que no oyeras decir a la operadora: dieciocho horas cinco minutos veinte segundos, dieciocho horas cinco minutos cuarenta segundos...”
No sólo no se sintió molesto sino que creo que le halagó que me hubiera tomado tanto trabajo.
Poco a poco, cuando mi vida se fue acomodando a lo que había esperado de ella, fui abandonando esa necesidad de fingir, y cuando a los cuarenta años leí El diario de Edith de Patricia Highsmith pensé aterrada que ese podría haber sido mi final: vivir en un universo paralelo.




lunes, noviembre 21, 2016




La lectura


Mi pasión por la lectura viene de muy lejos. Es más, tengo la certeza de que si con tres años aprendí a leer sola fue porque ya intuía que mi vida iba a mejorar, que habría un antes y un después, que a partir de ese momento dejaría de estar sola, y que todos esos personajes que pululaban por ahí iban a ser una buena compañía y un ejemplo a seguir, y que la vida sin ellos casi no merecía la pena vivirse. Mis primeras lecturas no fueron demasiado edificantes: durante años devoré fotonovelas con la misma pasión con la que ahora leo a Alice Munro. Me gustaban esas historias de amores difíciles, donde las parejas pasaban por mil contrariedades para acabar siempre reconciliadas y juntas. Eso era bonito. Te embargaba una emoción y un anhelo que te llevaban fácilmente a las lágrimas, pero con el tiempo me di cuenta de que mis intereses no iban por ahí: claro que quería sentirme amada pero el casamiento era algo con lo que nunca soñé. Es más, tras esos finales que se suponían felices yo veía el tedio agazapado, y quizás por eso me satisfacieron más esos finales abiertos que encontré en mis siguientes lecturas, esos finales que no eran finales, que me hacían creer que a los personajes les iban a seguir pasando cosas, buenas o malas tanto daba, lo importante es que les pasaran. La felicidad y el tedio, pensaba, están a veces demasiado cerca como para no salir corriendo.

Mis lecturas siempre fueron muy erráticas. Mezclaba clásicos con autores recién publicados y dejaba para otro momento, que muchas veces nunca llegó, libros que me aburrían o que se me resistían en las primeras cincuenta páginas. Lo que buscaba era que me enamoraran y eso ocurrió muchas veces. Cuando eso se producía leía todo lo que hubiera publicado de ese autor, lo que se hubiera escrito sobre él, su correspondencia, sus biografías, y durante un tiempo mis días giraban en torno a esa persona.
Al principio me acercaba a un autor leyendo primero sus novelas y luego pasaba a otros textos, pero con el paso de los años me interesan cada vez más las autobiografías, los libros de memorias, y sobre todo las cartas. Me interesa mucho más el Flaubert que escribía a Louise Colet que el de Madame Bovary, de la misma manera que me han fascinado las cartas de Emilia Pardo Bazán a Galdós y no tengo ni la más mínima curiosidad por leer su obra novelística.

Cuando hace unos años se despertó mi interés por el teatro creí que me aficionaría también a leer esos textos, pero me equivoqué. Los textos teatrales no me interesan. Me aburren con su simplificación, me resultan romos y faltos de vida. Verlos representados es otra cosa: es como si floreciesen. Puedes leer Ricardo III y salir indemne pero cuando oyes a un actor decir “mañana en la batalla piensa en mí” y repetir esa frase como una letanía se te hiela la sangre. Y eso que Shakespeare no es mi autor preferido, quizá porque abusa de los crímenes. Prefiero a Chejov, porque sus personajes, como leí una vez, vuelven casi todos a su casa, jodidos, pero vuelven. Pero sobre todo porque los personajes de Shakespeare no son lectores, no te los imaginas con un libro en la mano, ni dentro de la escena ni fuera de ella. Esa gente no lee, no tengo ninguna duda. Sin embargo los personajes chejovianos leen con toda certeza: leen las tres hermanas, y la dama del perrito seguro que también es una gran lectora.

Otro de los placeres de la lectura es saber que podrás seguir disfrutándola durante el resto de tu vida, que no necesitas muchas energías para leer un libro, que pasarán los años y te seguirá acompañando, que quizás tengas que ponerte gafas o buscar libros con la letra más grande, pero eso poco importará. Porque cada tanto descubrirás a un autor que te reconciliará con la vida, que la hará más llevadera, y te preguntarás cómo es posible que hayas tardado tanto en llegar a él o a ella, como ayer me preguntaba al concluir mi lectura de Amy e Isabelle de Elizabeth Strout. A sus pies, señora.