sábado, noviembre 26, 2016




Mi otro yo, el yo fabulador, lo heredé de mi padre. A él, como a mí, le gustaba cambiar la realidad, sustraerse a ella, quizás por esa razón casi siempre estaba contento. Cuando la conoció, le dijo a mi madre que tenía un año menos, porque debió pensar que seis años de diferencia eran excesivos pero cinco ya eran razonables. Mi madre, durante toda su vida, le reprochó que fuera en el Registro Civil, el día de su boda, cuando se enterase del engaño. A mí padre ese incidente no le parecía importante. Ni a mí tampoco.
Mi otro yo estuvo dormido durante los años que viví en el pueblo, quizás porque allí era difícil inventarse nada, todos sabían lo que les ocurría a los otros. No podías salir a por el pan y volver diciendo que habías estado en la ópera, como años después leí que hacía Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, o quizás simplemente es que estaba resignada a que no me pasara nada. Vivir en un espacio tan cerrado, tan estrecho, es tan poco saludable que la desidia se apodera de ti y te abandonas.
Vivir junto al mar ya fue otra cosa, y cuando a los dieciséis años me fui a Benidorm empecé a apuntar maneras de impostora. Por entonces trabajaba de camarera de comedor en un hotel. El ritmo era tan frenético que en ocasiones resbalábamos e íbamos a parar al suelo. Como es natural, se armaba un alboroto, pero finalmente los compañeros se reían y los clientes terminaban aplaudiendo. No había pasado nada grave. En mi primera caída, mi otro yo me sugirió que me hiciera la “muerta”, que simulara un desmayo. Y me quedé quieta en el suelo hasta que vinieron en mi ayuda. Fingí que recobraba el conocimiento poco a poco, me ofrecieron un vaso de agua y salí del comedor apoyada en el brazo del maitre.
De los quince a los treinta fueron mis años más activos como simuladora, inventaba a diestro y siniestro, no me cortaba ante nada ni ante nadie. Si algo de lo que me rodeaba no me gustaba, le daba la vuelta y lo amarillo se convertía en rojo, lo aburrido en divertido y lo cotidiano en extraordinario.
Una de las historias que más disfruté fue la del arquitecto. Tenía yo entonces veintiocho años y estaba enamorada perdidamente de un chico, al que llamaré S, que no me correspondía con el mismo entusiamo. Me incomodaban tanto sus coqueteos con otras que pensé que lo mejor sería que sufriera en carne propia esa desagradable sensación. Me inventé un “novio” extra y lo hice arquitecto porque a S la arquitectura siempre le había parecido una ocupación interesante (por esa mezcla de técnica y arte que, al menos en teoría, se les supone a los arquitectos). Mi “arquitecto” era de Barcelona, pero vivía temporalmente en Madrid, en un ático precioso en la calle de la Bola. Por entonces el sueño de S, que vivía en un piso interior, era tener una casa con mucha luz, y ya me ocupé yo de señalarle el ático de mi enamorado ficticio un día que paseábamos por el barrio de los Austrias.
La relación con el arquitecto era perfecta para mis fines: que S se tomaba una caña con su ex, pues el arquitecto me llevaba a cenar; que, más tarde, S y yo nos reconciliábamos y estábamos diez días seguidos sin despegarnos el uno del otro, pues el arquitecto siempre tenía algo que hacer y no me llamaba. Además era muy obsequioso y, providencialmente, siempre me mandaba flores el día en que S iba a mi casa, y no unas flores corrientes, qué va, era de gustos muy refinados. Siempre solía llamarme en el momento oportuno. Yo disfrutaba haciendo risas con él por teléfono mientras S disimulaba su enojo. El arquitecto viajaba mucho, pero casi siempre sus viajes coincidían con periodos en los que S y yo estábamos bien. Y se fue a vivir a Nueva York casualmente cuando mi relacion se estabilizó.
Años después le confesé a S lo mal que había llevado esos coqueteos. ·Tampoco tú perdiste el tiempo”, me contestó. “Lo perdí a mi manera -le dije-, el arquitecto sólo existió en mi imaginación”. “¿Y las flores?” “Las flores me las enviaba yo, me dejé una pasta en el Bourguignon de Alonso Martínez”. “¿Y el ático del barrio de los Austrias?” “Ni idea de quién sería, pero me gustaba por las plantas que tenía”. “¿Y las llamadas telefónicas?” “Eso se lo encomendé al despertador automático de Telefónica. Eso sí, me dolía la oreja de tanto apretar el auricular para que no oyeras decir a la operadora: dieciocho horas cinco minutos veinte segundos, dieciocho horas cinco minutos cuarenta segundos...”
No sólo no se sintió molesto sino que creo que le halagó que me hubiera tomado tanto trabajo.
Poco a poco, cuando mi vida se fue acomodando a lo que había esperado de ella, fui abandonando esa necesidad de fingir, y cuando a los cuarenta años leí El diario de Edith de Patricia Highsmith pensé aterrada que ese podría haber sido mi final: vivir en un universo paralelo.




lunes, noviembre 21, 2016




La lectura


Mi pasión por la lectura viene de muy lejos. Es más, tengo la certeza de que si con tres años aprendí a leer sola fue porque ya intuía que mi vida iba a mejorar, que habría un antes y un después, que a partir de ese momento dejaría de estar sola, y que todos esos personajes que pululaban por ahí iban a ser una buena compañía y un ejemplo a seguir, y que la vida sin ellos casi no merecía la pena vivirse. Mis primeras lecturas no fueron demasiado edificantes: durante años devoré fotonovelas con la misma pasión con la que ahora leo a Alice Munro. Me gustaban esas historias de amores difíciles, donde las parejas pasaban por mil contrariedades para acabar siempre reconciliadas y juntas. Eso era bonito. Te embargaba una emoción y un anhelo que te llevaban fácilmente a las lágrimas, pero con el tiempo me di cuenta de que mis intereses no iban por ahí: claro que quería sentirme amada pero el casamiento era algo con lo que nunca soñé. Es más, tras esos finales que se suponían felices yo veía el tedio agazapado, y quizás por eso me satisfacieron más esos finales abiertos que encontré en mis siguientes lecturas, esos finales que no eran finales, que me hacían creer que a los personajes les iban a seguir pasando cosas, buenas o malas tanto daba, lo importante es que les pasaran. La felicidad y el tedio, pensaba, están a veces demasiado cerca como para no salir corriendo.

Mis lecturas siempre fueron muy erráticas. Mezclaba clásicos con autores recién publicados y dejaba para otro momento, que muchas veces nunca llegó, libros que me aburrían o que se me resistían en las primeras cincuenta páginas. Lo que buscaba era que me enamoraran y eso ocurrió muchas veces. Cuando eso se producía leía todo lo que hubiera publicado de ese autor, lo que se hubiera escrito sobre él, su correspondencia, sus biografías, y durante un tiempo mis días giraban en torno a esa persona.
Al principio me acercaba a un autor leyendo primero sus novelas y luego pasaba a otros textos, pero con el paso de los años me interesan cada vez más las autobiografías, los libros de memorias, y sobre todo las cartas. Me interesa mucho más el Flaubert que escribía a Louise Colet que el de Madame Bovary, de la misma manera que me han fascinado las cartas de Emilia Pardo Bazán a Galdós y no tengo ni la más mínima curiosidad por leer su obra novelística.

Cuando hace unos años se despertó mi interés por el teatro creí que me aficionaría también a leer esos textos, pero me equivoqué. Los textos teatrales no me interesan. Me aburren con su simplificación, me resultan romos y faltos de vida. Verlos representados es otra cosa: es como si floreciesen. Puedes leer Ricardo III y salir indemne pero cuando oyes a un actor decir “mañana en la batalla piensa en mí” y repetir esa frase como una letanía se te hiela la sangre. Y eso que Shakespeare no es mi autor preferido, quizá porque abusa de los crímenes. Prefiero a Chejov, porque sus personajes, como leí una vez, vuelven casi todos a su casa, jodidos, pero vuelven. Pero sobre todo porque los personajes de Shakespeare no son lectores, no te los imaginas con un libro en la mano, ni dentro de la escena ni fuera de ella. Esa gente no lee, no tengo ninguna duda. Sin embargo los personajes chejovianos leen con toda certeza: leen las tres hermanas, y la dama del perrito seguro que también es una gran lectora.

Otro de los placeres de la lectura es saber que podrás seguir disfrutándola durante el resto de tu vida, que no necesitas muchas energías para leer un libro, que pasarán los años y te seguirá acompañando, que quizás tengas que ponerte gafas o buscar libros con la letra más grande, pero eso poco importará. Porque cada tanto descubrirás a un autor que te reconciliará con la vida, que la hará más llevadera, y te preguntarás cómo es posible que hayas tardado tanto en llegar a él o a ella, como ayer me preguntaba al concluir mi lectura de Amy e Isabelle de Elizabeth Strout. A sus pies, señora.




domingo, noviembre 13, 2016




Con el paso de los años mi madre y sus hermanas fueron recuperando la alegría y dejando atrás el luto por la muerte de mi tía. Sin embargo, mi abuelo nunca se recobró: María era su hija mayor, su preferida, y a causa de su pérdida empezaron los problemas para él. Se refugió en la bebida, aunque eso sólo se supo después porque siempre lo ocultó y jamás consintió que nadie lo viera ebrio. Nunca frecuentó los bares del pueblo. Cogía su botella de vino, se perdía por el campo y volvía después de dormirla. Un día, como la familia supo más tarde, le pidió ayuda al médico del pueblo para librarse de esa adicción. El médico le prometió encargar algún remedio, pero cuando días después le dijo que ya lo tenía y que podía pasarse por la consulta, mi abuelo se limitó a darle las gracias y a decirle que ya no lo necesitaba. Al día siguiente se ató de pies y manos y se tiró a un pozo 
Cuando mi abuelo se quitó la vida lo primero que me vino a la memoria fue el velo de novia de mi tía María sobresaliendo del ataúd. Le pregunté a mi madre si también al abuelo iban a vestirle de novio y le arranqué la única sonrisa que se permitió en varios meses. Le hicieron la autopsia en un cuartucho que había en el cementerio de mi pueblo y cuando devolvieron a la familia la palangana que les habían pedido, la hermana menor de mi madre se puso a gritarle al médico forense por no haber quitado los restos de sangre de ella. Esos gritos de dolor hicieron que los pequeños fuéramos conscientes del drama que estaba viviendo nuestra familia.
No hubo oficio religioso y le enterraron en una especie de corralillo que había en el cementerio, destinado a suicidas y bebés sin bautizar. Quisieron poner en la tumba una lápida de mármol blanco como la que mi abuelo había elegido para mi tía, pero según les dijeron en ese recinto no estaba permitido ni siquiera una cruz de madera. A ese espacio no consagrado se accedía desde la calle a través de una puerta de la que nadie tenía llave, y eso obligaba a mi madre y a sus hermanas treintañeras a saltar la pared de más de un metro cada vez que querían acercarse a la tumba de su padre. Y esa es la imagen que se me ha quedado grabada: mi madre y mis tías vestidas de negro riguroso, con medias y pañuelo, haciendo equilibrios sobre una tapia.
Mi primera escuela fue una troje, la troje de tía Longina, un espacio frío y escaso de luz, habilitado para tal uso. Los pupitres de madera eran viejos, inclinados y cubiertos de rayones. El tintero se colocaba en un agujero en la parte superior. En algunos de ellos había una mancha que cruzaba el tablero producida por una caída accidental o un descuido.
Dos o tres años después se inauguró un edificio con hermosos ventanales y hasta con cuarto de baño. Esto último era lo que más llamaba la atención del pueblo. Construyeron una fosa séptica, pero se olvidaron de que no había agua corriente y desde el primer día esos servicios tan ansiados por todos se convirtieron en el cuarto trastero y los grifos se cubrieron de polvo. Nunca olieron como suelen oler los cuartos de baño, siguieron oliendo a yeso. A yeso y a polvo.
Doña Enma, la maestra, era una gallega que nada más llegar se ennovió con el médico del pueblo y al poco tiempo se casó con él y formó una familia. Dedicaba las clases a tejer jerseicitos para sus retoños, y a sus alumnas simplemente les informaba de lo que harían al día siguiente. Cuando decía “Mañana vamos a sumar”, no es que tuviera intención de explicar tal operación. Se limitaba a sacarnos a la pizarra y a constatar si sabíamos sumar o no. Sólo las que tenían unos padres diligentes y esforzados salían airosas.
No había libros de texto, solo una enciclopedia que servía para todas las materias y para todos los años que pasáramos en la escuela. Lo que si había era mucho frío. A pesar de llevar siempre mucha ropa encima, los pies se nos quedaban helados, así que traíamos de casa un braserillo: una lata grande y redonda de sardinas a la que se ponía un alambre que servía de asa y se llenaba de brasas.
Recuerdo que un día nos hizo un dictado. Corto, de tres o cuatro líneas. Al terminar, fue llamando a su mesa una a una a todas las niñas. La maestra corregía las faltas y decía un número: “cinco”, “ocho”, “siete”... La niña extendía la mano y la maestra con una regla le iba dando igual número de palmetazos. Cuando me tocó el turno, la maestra dijo “uno” y aunque debería haberme alegrado por un resultado tan satisfactorio alargué la mano indignada y sentí que aquello no era justo.
Mi madre también debió pensar que allí sólo perdía el tiempo y a los nueve años decidió sacarme de la escuela y pedirle al maestro, el que enseñaba a los chicos, que me preparara para hacer el ingreso al bachillerato.
Me sentaba en mi casa, sola, a estudiar, Y a la hora del recreo y al acabar las clases a mediodía y por la tarde, cuando don Julián terminada sus clases, iba a la escuela de los niños y me tomaba la lección y me ponía la tarea para el día siguiente. Mi madre preguntaba con asiduidad al maestro cómo iba su hija y él siempre decía lo mismo: “Es muy lista, pero está muy verde”.
Me pasé mi niñez oyendo decir que era muy lista. Las vecinas le comentaban a mi madre que era muy lista, tan lista que seguro que terminaría casándome con un maestro. Mi madre que no había leído El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir, ni sabía nada de Virginia Wolf y su habitación propia, les contestaba siempre lo mismo: la maestra será ella. También aludían a mi inteligencia cuando se lamentaban de que fuera zurda, decían “con lo lista que es, qué pena que sea zurda”. A mí lo de ser lista me parecía tan normal como ser alta y solo después de mucho tiempo me di cuenta de que si una es alta podía decirlo sin que la miraran mal pero si una era lista lo mejor era que no hiciera alarde de ello. Cuando llegó la hora del examen y como mi madre no tenía la certeza de que fueran a dejar que me presentara siendo tan cría, me prometió que si lo lograba y si además aprobaba, me compraría un reloj. A mí aquello me pareció un sueño. Me miraba la muñeca y me imaginaba cómo me quedaría cuando llegara ese momento.
Llegó junio, llegó un notable, pero el reloj nunca llegó.




domingo, octubre 09, 2016






Le ha costado sentarse frente al ordenador, como siempre. Vencer la pereza es casi superior a sus fuerzas y va demorándolo hasta que no puede más porque al día siguiente tiene cita en el taller y le toca leer. Sin embargo, hace tiempo que lo tiene escrito en su cabeza. Suele imaginarlo cuando pasea sola por la calle de Arturo Soria, algo que hace a menudo. Ayer, en una obra de teatro que representaban en el Valle Inclán, un anciano se lamentaba de que ya no podía caminar solo –“pasear solo es la libertad”-, y ella entendió bien su dolor, su pérdida. Calculó que aún le quedaban más de treinta años para caminar sola y le pareció suficiente.
Cuando se pone ante el ordenador no siente pavor ante la pantalla blanca. Empieza a escribir y surgen las frases una tras otra, sin esfuerzo, y las imágenes que va creando la satisfacen. Y disfruta. Cuando termina llama a su marido, al que ella siempre llama “consorte” y él lee lo que ha escrito. Él le pone alguna coma o le sugiere quitar algún adjetivo y la felicita, siempre la felicita. Llevan tantos años juntos que ella sabe que no lo dice por agradar, nunca lo ha hecho, aunque a veces a ella le hubiera gustado que él mintiera más.
El último paso es subirlo al blog, ese chica con falda roja que tantas alegrías le dio hace años cuando la rutina laboral y las obligaciones maternales amenazaban con diluirla. Ahí será donde la lean sus amigos y sus hermanas. Ellas son las más exigentes y las que más se asombran de su buena memoria. Durante unos días su cuenta de whatsapp se llena de manitas aplaudidoras, caritas con besos y signos de admiración y su amigo Luigi vuelve a decirle por enésima vez que Buenasbodas es el nuevo Macondo y le hace reír.
El único que no lee lo que escribe es su hijo. Nunca le ha pedido que lo haga porque sabe que no es el momento. Eso sí, tiene la certeza absoluta de que será su mejor lector dentro de treinta o cuarenta años. Cuando ella ya no esté.




domingo, septiembre 04, 2016




Mientras la perra Laika se preparaba para embarcar en el Sputnik 2 en un viaje del que no volvería viva, yo empezaba a vivir. Mi madre dejó de darme el pecho cuando tenía un año porque creyó que volvía a estar embarazada y no quería repetir la misma experiencia que tuvo con mi hermana mayor, que con casi dos años seguía apegada a su pecho y eso a mi madre le parecía demasiado. Fui bastante precoz al hablar, pero lenta a la hora de caminar y en las fotos se ve una niña de cabeza grande y brazos y piernas rollizos. 
Mi primer recuerdo es del verano en el que acababa de cumplir tres años: mi tía María, la hermana mayor de mi madre, que desde la adolescencia tuvo una salud delicada, murió a los veintinueve años, solo unas semanas antes del día de su boda. Lo único blanco que hubo en el velatorio fue su vestido de novia. Todo lo demás era negro. El novio, mis abuelos, mis padres y mis tíos se vistieron de luto. Daban miedo cuando se movían por la casa, cuando iban y venían a la cocina o al corral. Había que echarse a un lado para que no te llevaran por delante. Parecía que no te veían. Yo prefería estar al lado del féretro: me sentía más segura. Me tranquilizaba mirar a mi tía. Era la que estaba más serena y la más guapa de todos con diferencia. El vestido de novia le sentaba muy bien, a pesar de que el velo lo habían tenido que recoger con alfileres para que no arrastrara por el suelo y quedaba un poco raro. 
La posada se llenó de gente que entraba y salía. A mi tía le hicieron una corona enorme con flores de tela color violeta y plumas negras que durante años mi abuela guardó encima de un armario envuelta en una sábana y que el día de Todos los Santos llevaban al cementerio y colocaban sobre su tumba de mármol blanco. Lo peor del luto era que no se podía cantar, ni poner la radio ni casi reírse. Y sobre todo que duraba tres años. Y en esos tres años ya no escuchamos los Clavelitos, el Yo vendo unos ojos negros, el Quince años tiene mi amor del Dúo Dinámico o el Estando contigo de Marisol.
Después de la muerte de mi tía María mi madre y sus hermanas pasaron mucho tiempo en la posada acompañando a mi abuela. Una mañana en la que jugaba sola a la puerta de la cocina escuché una conversación muy curiosa. Mi madre y una de mis tías estaban dentro y cuando me di cuenta de que hablaban de mi hermana y de mí, presté atención. Mi tía decía que mi hermana era guapísima, que le encantaban sus bucles rubios y sus aires de princesa. Cuando acabó las loas a mi hermana y empezó conmigo me quedé perpleja. Decía la bruja de mi tía que era una pena que fuera tan feílla. Imaginé a mi madre poniendo cara de sorpresa ante ese comentario y esperé oírla responder como es debido y poner las cosas en su sitio, pero mi madre, que no sabía que estaba escuchando, se limitó a decir: "Mujer, no es para tanto".
Un mes después, mi hermana, que tenía seis años, empezó la escuela. Le habían comprado una cartilla con todas las letras. Yo, que tenía tres, le pedí que me enseñara a leer. Me dijo que sólo conocía las vocales. Repasé esas cinco letras y me acerqué con la cartilla a mi madre. Le pregunté cómo se llamaba la letra que le señalaba. Mi madre me dijo que la eme, y me leyó: "ma, me, mi, mo, mu". Volví al patio y empecé a practicar: "mama, memo, mimo, mamo..." Cuando acabé volví a preguntar por otra letra y por cómo se decía, y por otra, y por otra, y así hasta que terminé la cartilla.
Cuando la maestra del pueblo se enteró, le dijo a mi madre que aunque no era lo establecido podía llevarme a la escuela para que no olvidara lo aprendido. Y así fue como inicié mis estudios tres años antes de lo previsto. La escuela no era un edificio construido para ese uso. Era la troje de tía Longina, una estancia con poca luz y mucho frío donde crías de todas las edades pasábamos la mañana. Por las noches, con frecuencia, me llamaban de la posada para que fuera a leer. Siempre había algún arriero que no se acababa de creer lo que había oído contar de la nieta de la posadera. Llegaba con mi sillita, me sentaba y me quedaba mirando a los que hablaban hasta que se hacía el silencio. Alguien me alargaba una hoja de periódico arrugada, a veces hasta grasienta, y leía una noticia tras otra. Levantaba la cabeza de vez en cuando para ver la sorpresa de los mayores y la envidia de mi hermana y de mis primas. Y me sentía en paz. Unas tenían bucles y otras leíamos.
Sin embargo era difícil encontrar cosas que leer, no había libros ni cuentos, y yo me agarraba a lo que podía. Como mi madre y sus hermanas iban a menudo al cementerio para visitar a su hermana, aprovechaba para leer las inscripciones de las tumbas. Mi madre todavía recuerda que mi preferida era una baldosa de cerámica de Talavera que estaba justo al lado de la de mi tía y que les leía una y otra vez: "Aquí yace Jacinto que falleció el día...". Este mes de agosto visité el cementerio de mi pueblo pero Jacinto ya no yace allí.
 




martes, junio 28, 2016




Me engendraron el mismo año en que Rosa Parks fue encarcelada en el sur de Estados Unidos por no ceder su asiento en un autobús a una persona de raza blanca. Mis padres ya tenían una hija de dos años y aunque no tenían ninguna prisa en aumentar la familia, el embarazo fue bien recibido. 
Mi madre estaba de tres meses cuando nos llegó un recado a Buenasbodas anunciando que mi abuelo paterno, Luciano, que vivía en un pueblo a unos treinta kilómetros campo a través, acababa de fallecer. Mi padre andaba por los pueblos de la zona vendiendo sus telas y hubo que enviar a un pariente en bicicleta para que fuera a buscarlo de pueblo en pueblo para darle la noticia. Mi madre y uno de sus hermanos salieron a lomos de dos mulas y pasaron toda una noche de viaje por caminos de tierra y atravesando campos. Cruzaron un río que iba tan crecido que el agua casi alcanzaba la tripa de los animales, y sufrieron un percance que podría haber resultado fatal dado su embarazo: la mula en la que iba mi madre tropezó y la tiró al suelo. Por fortuna para mí, el azaroso viaje terminó bien. 

En el pueblo de mis abuelos las mujeres no iban al cementerio con el cortejo fúnebre, sólo los hombres, ellas se quedaban en casa del difunto.A mi madre le resultó muy chocante esta costumbre. Por la noche, a la hora de acostarse, a mis padres les prepararon la misma cama donde se había velado el cadáver. Y allí hubieron de dormir. Mi madre no se lo podía creer. Estaba aterrada y pasó la noche abrazada a mi padre. Para ella entonces la muerte era algo lejano. No sabía aún que en pocos años se iba a adueñar de su familia sin compasión. Al día siguiente volvieron a Buenasbodas sin decirles nada del embarazo a sus familiares. Mi madre dice que de esas cosas entonces no se hablaba, "no era como ahora". Tampoco se lo había dicho a su madre ni a sus hermanas.Tenían la certeza de que sería un niño lo que vendría y tras la muerte de mi abuelo decidieron que el bebé se llamaría Luciano. No pensaron nombres de niña porque no era necesario.
Llegó la primavera. En Montecarlo Grace Kelly se casaba con Rainiero de Mónaco. Mi madre cuidaba sus azucenas sembradas en un solar anexo a la casa. Esperaba con ansia ese momento en el que casi por sorpresa se abren todas de golpe y te fascinan con su belleza y olor. Pero el parto llegó antes de eso y mi madre dio a luz en casa, como era la costumbre, atendida por dos primas y por el médico del pueblo. El bebé era enorme y precioso. Pero era niña. Mi padre le preguntó a mi madre que qué nombre me ponía y mi madre que no estaba para nombres le dijo que lo dejaba en sus manos. A la mañana siguiente mi padre fue al pueblo de al lado a inscribirme. Le dio vueltas a lo del nombre durante todo el viaje en mula. Dudaba entre Carmen y Priscila, que era como se llamaban dos de sus hermanas, y finalmente se decidió por el primero, Carmen, ya que era más afín a ella que a Priscila.
Mi madre guardó cama dos o tres días porque mi abuela había sido muy dada a sufrir hemorragias tras los partos y recomendaba a sus hijas que reposaran y que no tuvieran prisa en levantarse. Lo primero que hizo al abandonar la cama fue ir a ver cómo estaban sus azucenas. No dio crédito a lo que se encontró. No había rastro de las flores: alguna desaprensiva las había cortado todas para hacerse un ramo y no había dejado ni una de muestra. Se indignó, pero volvió a entrar en la casa con una sonrisa porque si había algo que a mi madre le gustaba más que las flores eran los bebés. Y ahora tenía uno.




martes, junio 14, 2016




"Le sentaba muy bien la camisa cuando bailaba", dice mi madre al preguntarle qué la atrajo de mi padre. Pero creo que lo que despertó su interés fue ese aire que Pepe tiene en las fotos de venir de otro mundo. Mi padre muestra el aspecto despreocupado de quien se siente a gusto con su piel, sonríe a la cámara sin chulería pero con seguridad, no tiene ese gesto torvo de algunos campesinos, sino la mirada confiada del que espera lo mejor de la vida.
En la adolescencia, mi madre llevó muy mal que la hubieran sacado de la escuela de pequeña y la privaran de la posibilidad de instruirse y de demostrar que tenía capacidades por encima de las otras chicas de su edad. A la hora de emparejarse, se decidió por mi padre, que la ponía en contacto con gentes y sitios nuevos, y rechazó a un pretendiente que tenía en el pueblo. Los Colino eran más letrados, todos los hermanos escribían con una bonita letra, sabían mucho de cuentas y vestían unas gabardinas que recordaban a las de los artistas de cine. Además, al casarse con mi padre sus hijos no serían García, Martínez o Fernández, sino Colino, un apellido que no había en el pueblo y que debió resultarle atractivo.
El papel que le habían asignado a mi madre en su familia nunca le gustó. Para ellos era la "buena" de las hijas, la que más callaba, la que se adaptaba a todo, la más resignada, cuando en realidad le hubiera gustado ser la que destacase y la protagonista. Pero ese lugar no estaba vacante. El hecho de que mi padre no fuera bien aceptado por la familia de mi madre fue quizás su primer acto de rebeldía, una forma de quitarse de encima ese apelativo que sin embargo la acompañó durante toda su vida.
La familia de mi madre era más apegada a la tierra que los Colino. Aunque los Martínez también tenían pequeños negocios -un tejar y una posada- y eran emprendedores, todo lo que ganaban lo invertían en comprar tierras y casas. Quizá ese arraigo sedujo a mi padre. Los Colino habían perdido casi todo tras la guerra e intentaban recuperarse con mucho esfuerzo. Pagaron su condición de rojos con años de cárcel y con notables pérdidas económicas. El dinero republicano que llevaron al banco para su canje, una cantidad importante para la época, nunca les fue devuelto.
Setenta años después aún conservan el resguardo de esa entrega.