miércoles, octubre 02, 2013




Ayer recibí esta carta, y hoy quiero compartirla con vosotros:

No hay nada más maravilloso que compartir pasiones. Desde opiniones adversas hasta idénticos veredictos, el acto de abrir el corazón y la mente a ideas ajenas es una manera extraordinaria de crecer como ser humano. Y cuando estas ideas se intercambian con el máximo entusiasmo, no es más que la alegría más pura lo que acompaña a las palabras. Risas, sonrisas, nervios y llantos se disfrutan y celebran por igual, pues el espectáculo ha cumplido su objetivo: remover y conmover. Me quedaría corta si dijera que los #tuiteatreros sois (¿somos?) solo una manera de compartir pasiones; a día de hoy todo esto es más que una revolución cultural, que no es poco. Pero más allá del impacto social que podáis tener, es la huella que dejáis en cada uno de nosotros lo que se queda estampado en nuestras vidas. En mi vida.
Quizás ni siquiera lo hayas advertido, pero desde el momento en que me entregaste la chapita sentí que comenzaba a formar parte de algo, que al fin estaba conociendo a gente capaz de aportarme más de lo que jamás pudiera imaginarme.Y es que gracias a ti comencé a saborear el teatro de otra forma, a observarlo en cada ocasión desde una perspectiva diferente, a conocer lo que hay delante y detrás del escenario, antes y después de la representación. Ya no hay vuelta atrás; me es imposible concebir la vida sin teatro. Y aunque el planeta está repleto de artistas formidables, jamás me olvidaré de la obra de Miguel del Arco, que me enseñó con una inesperada bofetada que el teatro también nos puede hacer llorar. De la misma forma, y a pesar de conocer cada día a personas admirables, siempre recordaré el instante en que me revelaste que el teatro podía llegar a ser mucho más que un simple entretenimiento.
Nadie puede predecir si en algún momento saltaré de la butaca a las tablas, si acabaré escondida entre la tramoya o fregando los suelos de los camerinos, pero sé que es perfecta la manera en la que el teatro forma hoy parte de mi vida. Siempre he sido partidaria de hacer saber a las personas lo importantes que son para nosotros, aunque pueda resultar sorprendente e incluso verdaderamente extraño, así que

   gracias
                                    ¡ gracias !
                                                                     ¡GRACIAS !

¡Y que el ser humano nos siga maravillando con más teatro!

Con cariño,

Bere




miércoles, marzo 06, 2013




Un padre chejoviano

Mi adicción a la letra impresa me ha proporcionado muchas satisfacciones y algún contratiempo. Uno de los problemas de pasar horas enfrascada en la lectura es que acabas citando a diestro y siniestro y la gente se mosquea; en medio de una conversación aludes a Bernhard, a Carver o a Canetti y te miran pensando, hay que fastidiarse lo pedante que es esta tía. Y lo peor es que tú lo haces con naturalidad: simplemente hablas de la gente que frecuentas.
Un día, harta de aguantar esos comentarios, me puse a darle vueltas y no tardé mucho en encontrar una solución. Desde entonces nada de citar a autores de culto, ahora todo queda en casa. Ya no digo que estoy de acuerdo con Chéjov cuando afirmaba que "si le tienes miedo a la soledad, no te cases". No. Ahora digo:

- "Como suele decir mi padre, si le tienes miedo a la soledad..." (aunque también pongo en boca de mi padre a otros autores rusos).
- "Si ya lo decía mi madre..." (aunque quien lo haya dicho sea la Duras, Carson McCullers o cualquier otra autora que se tercie).
- "En mi familia siempre lo han dicho..." (y me apoyo en el novelista del XIX que me apetezca).
- "Mi hermana la pequeña siempre me dice que..." (y aquí entran casi todos los cuentistas norteamericanos).
- "Mi hermana la mayor siempre mantiene que..." (suelo utilizarla para Marías, Vila-Matas y similares).

Hasta ahora nunca había tenido problemas. Nadie se sorprendía de que tuviera una familia tan ingeniosa. Nadie. Lo malo es que he terminado haciéndolo también en casa de mis padres. Y empiezan a mirarse como extraños.




miércoles, enero 09, 2013





Situación: Hecatombe en el planeta Tierra. Sólo sobrevivimos unos cuantos, pero no conservamos en la memoria lo que vivimos hasta ese momento. Solamente recordamos algunas cosas concretas y de entre esas tenemos que elegir una que consideremos que no se debería perder, que debería perdurar. He elegido el abrazo y voy a intentar transmitir a los supervivientes en qué consiste y qué beneficios procura.

El abrazo se lleva a cabo entre dos personas, del mismo o distinto sexo. No se necesita un lugar en particular, vale cualquier sitio. Normalmente se da entre gente que se conoce y se aprecia, y son siempre de carácter gratuito. Es preferible que ambos estén puestos en pie y uno frente a otro. Se inicia con un contacto visual (acompañado de una sonrisa, mejor) y consiste en juntar los troncos de ambos abriendo los brazos y rodeando el cuerpo del otro por encima de los hombros, por debajo de las axilas o por la cintura, haciendo una ligera presión. Si uno es más alto que el otro, el de más estatura se curvará levemente para acomodarse a su compañero. Es importantísimo, además, que sea simultáneo: si uno se queda con los brazos caídos la cosa no funciona y resulta incluso patética. Algunos hombres suelen acompañarlo con palmadas en la espalda del otro pero se corre el riesgo de dar demasiado fuerte y que el abrazo se resienta.
Puede durar el tiempo que cada uno considere oportuno, aunque los entendidos mantienen que al menos dure seis segundos. En todo caso, en cuanto uno hace ademán de separarse el otro debe dar por finalizado el estrechamiento y volver a la posición inicial.
Producen una sensación térmica gozosa, pero aunque den calor son también bienvenidos en épocas estivales. En cuanto al número de abrazos por día los expertos consideran que como mínimo se necesitan cuatro abrazos diarios. Llegar a esos mínimos no es demasiado difícil siempre que aprovechemos las ocasiones que se nos presentan: que nos encontramos a alguien: abrazo; que nos despedimos de él: abrazo; que hay que dar la enhorabuena: abrazo; que hay que dar el pésame: abrazo; que recibimos un regalo: abrazo. Y sobre todo, cuando se quiere un abrazo no hay que esperar a que el otro adivine, hay que pedirlo.




martes, marzo 20, 2012




Yo no soy como las demás presas: a mí no me importa decir por qué estoy aquí. Y no solo eso, además me declaro culpable. Me equivoqué. Lo sé. Y lo estoy pagando. Nunca imaginé cuando hice clic con el ratón la que se me venía encima. El tipo, aunque teatrero, parecía sensato. Bueno, la verdad, es que me fascinó y me dejé llevar. Tenía indicios suficientes para desconfiar pero no quise verlos, cerré los ojos y aquí estoy dando paseos por el patio, de tapia a tapia. Por su culpa.
Cuando salí de ver su obra por primera vez me sorprendieron las lágrimas de la actriz, y cuando al sábado siguiente volví y la vi de nuevo llorando como una magdalena tendría que haber desconfiado de ese director. Pero pensé que la culpa era de esa Fernanda Orazzi, pensé que los sábados serían mal día para ella. Animé a mis amigos a ver la obra y a todos les pregunté si al final la chica lloraba y todos me decían que sí, que lloraba, que lloraba mucho. Y ya tuve que suponer que la culpa era de él, pero no me lo quería creer. Incluso pregunté a mi amiga Verónica cuando me comentó que la Orazi había ido a su cumpleaños, le dije que si habia llorado y me dijo que no, que qué cosas decía, que cómo iba a llorar... Y en ese momento supe que era un impresentable. Un hombre que hace llorar a una mujer todos los días no puede ser buena persona. Y Pablo Messiez no lo era. Llevaba dos meses siguiéndole en Twitter y pagaría las consecuencias. Y aquí estoy por su culpa.
Así que aquí estoy por seguir en Twitter a un teatrero que hace llorar a las mujeres. Y lo peor de todo es que aquí no me puedo conectar y no sé ni cuantos seguidores tengo en estos momentos. Si es que me queda alguno.




miércoles, febrero 29, 2012




Mi abuelo materno era una persona recta y muy respetada en el pueblo. Cuando se casó con mi abuela no tenía nada propio, pero gracias al trabajo de ambos, al de sus seis hijos y, sobre todo, a su carácter emprendedor consiguió salir de la miseria. Montó un horno donde cocían tejas, ladrillos y rasillas, y por la tarde, cuando acababan la faena, él se montaba en una mula y se iba por los pueblos a buscar compradores. Mi madre nos contaba que cuando alguna noche estaban en el baile y empezaba a llover, ella y sus hermanas se ponían a temblar. En cuestión de minutos mi abuelo aparecía por la puerta del salón y todos tenían que salir corriendo carretera arriba a recoger los materiales que tenían secándose en la era. Y se veían obligadas a dejar a sus bailaores en brazos de otras.

La única de las hijas que sólo trabajaba en la casa era mi tía María y eso por motivos de salud. Sus problemas renales, arrastrados desde la adolescencia, se la llevaron por delante unas semanas antes del día de su boda. Lo único blanco que hubo en el velatorio fue su vestido de novia. Todo lo demás era negro. El novio, mis abuelos, mis padres y todos mis tíos se vistieron de luto y daban miedo cuando se movían por la casa, cuando iban y venían a la cocina o al corral. Tenías que echarte a un lado para que no te llevaran por delante porque parecía que no te veían. Yo, que sólo tenía cinco años, prefería estar al lado del féretro: es donde me sentía más segura. Me tranquilizaba mirar a mi tía: era la que estaba más serena de todos y la más guapa con diferencia. Y el vestido de novia le sentaba muy bien, a pesar de que el velo lo habían tenido que recoger con alfileres para que no arrastrara por el suelo, y quedaba un poco raro.

Aunque todos acusaron el golpe, mi abuelo fue quien peor lo llevó: María era su hija mayor, su preferida, y a partir de ese día empezaron los problemas. La desesperación lo llevó hacia la bebida, aunque eso sólo se supo después porque siempre lo ocultó y jamás consintió que nadie lo viera en ese estado. Nunca frecuentó los bares del pueblo. Cogía su botella de vino, se perdía por el campo y volvía después de dormirla. Un día, como la familia supo más tarde, le pidió ayuda al médico del pueblo para librarse de esa adicción. El médico le prometió encargar algún remedio, pero cuando días después le dijo que ya lo tenía y que podía pasarse por la consulta, mi abuelo se limitó a darle las gracias y a decirle que ya no lo necesitaba. Al día siguiente se ató de pies y manos y se tiró a un pozo.

Cuando mi abuelo se quitó la vida lo primero que me vino a la memoria fue el velo de novia de mi tía María sobresaliendo del ataúd. Le pregunté a mi madre si también al abuelo iban a vestirle de novio y le arranqué la única sonrisa que se permitió en varios meses. Le hicieron la autopsia en un cuartucho que había en el cementerio de mi pueblo y cuando devolvieron a la familia la palangana que les habían pedido, la hermana menor de mi madre se puso a gritarle al médico forense por no haber quitado los restos de sangre de ella. Esos gritos de dolor hicieron que los pequeños fuéramos conscientes del drama que estaban viviendo nuestros mayores.

No hubo oficio religioso y le enterraron en una especie de corralillo que había en el cementerio, destinado a suicidas y bebés sin bautizar. Quisieron poner en la tumba una lápida de mármol blanco como la que mi abuelo había elegido para mi tía, pero según les dijeron en ese recinto no estaba permitido ni siquiera una cruz de madera. A ese espacio no consagrado se accedía desde la calle a través de una puerta de la que nadie tenía llave, y eso obligaba a mi madre y a sus hermanas treintañeras a saltar la pared de más de un metro cada vez que querían acercarse a la tumba de su padre. Y esa es la imagen que se me ha quedado grabada: mi madre y mis tías vestidas de negro riguroso, con medias y pañuelo, haciendo equilibrios sobre una tapia.




viernes, febrero 24, 2012




"Él surgió de la oscuridad del callejón. La navaja brilló un instante a la luz de la farola. El rostro parcialmente tapado por un sombrero que dejaba ver una gran cicatriz en la mejilla, gabardina marrón hasta las rodillas y zapatos de piel de dos colores." Utilizando este cliché de personaje, nuestra profe del taller de escritura nos pidió que escribiéramos menos de un folio utilizando el tópico de forma consciente, vamos, que se notara la burla.



El navajero melancólico


A pesar de la noche lluviosa, de lluvia pertinaz, el cielo estaba tachonado de estrellas. Tal prodigio meteorológico, que hubiera causado pasmo y susto a los antiguos y quizá originado una teoría acerca de la divinidad, que a su vez habría dado lugar a una Iglesia, había pasado inadvertido para Risi, concentrado como estaba en atisbar a través de los cristales del vacío y desangelado 7-Eleven. Las aletas de su nariz palpitaban como las de un caballo desbocado. Y el pelo, ralo y grasiento, se le pegaba a la frente. Cualquier persona de orden que hubiera reparado en él y en el chándal fosforito tres tallas mayor de lo conveniente hubiera dicho que era un macarra de mierda, o una mierda de macarra, más propiamente, que no tenía dos hostias. Pero lo que la simple observación ocular no permitía adivinar era que la mente de Risi se iluminaba en ese preciso instante con los fuegos artificiales de un cóctel de anfetas, porros y neurotrasmisores. Se acercaba la traca final. Empuñó con fuerza el acero mortal que ocultaba en su bolsillo y empujó la puerta con determinación:

-¡Esto es una atraco, nena!

La nena, una rubia mal teñida y obesa que colocaba paquetes de Kit Kat en un expositor, lo miró con cara de mala leche:

-Anda, gilipollas, vete a tomar por culo, que ya es la tercera vez que vienes esta semana. Toma, chocolate, para el mono – y le arrojó un par de chocolatinas.

El Risi se achantó. Otra vez. Como le pasaba siempre. Como le había pasado toda su vida. Tiró la envoltura del Kit Kat bajo un coche, se colocó los cascos y caminó deprisa calle abajo. A Pepe Risi, al otro Risi, al de la Gibson negra, al de Burning, no le habría pasado esto. Él sí sabía ser chulo y canalla. Qué pena que se haya muerto:


Oigo disparos en el callejón (…) El buga a punto para escapar (…) Esto es un atraco, nena (…) Si este sale me retiro (…) Chupa de cuero y gafas de rock… me siento mejor (…) El hierro frío quema mi piel (…) De pronto, el ruido de una sirena (…) Esto es una atraco, nena,

Esto es una atraco nena, Esto es un atraco, nena.




jueves, febrero 16, 2012




Esta es la respuesta, bella y auténtica, que Lidia Otón nos envió ayer a los espectadores en acción del taller de la Abadía que le habíamos felicitado por ser finalista de los Premios Max de teatro

Gracias compis, de todo corazón, muchísimas gracias!
Poco antes de que Aitor, el productor de Veraneantes me comunicase que era finalista a los premios Max como actriz de reparto y el resto de las nominaciones conseguidas por la compañía, iba camino de una sesión de fotos para publicitar el espectáculo que estoy ensayando La melancolía de King Kong.
Todas las mañanas me meto en la piel de una actriz venida a menos que se dedica a hacer performans y shows sadomasoquistas y se prostituye para poder mantener a su familia, cuando regreso a mi casa y me encuentro con mi hijo y con mi otro "día a día" todo me parece una locura. Esta mañana, antes de llegar al estudio fotográfico, pensé qué podría hacer para ganarme la vida si abandonaba esta profesión, porque sentí la necesidad imperiosa de hacerlo y terminar con la inestabilidad y el desgaste y el cansancio y........ y recibo la llamada y me quedé en silencio y me puse a llorar en medio de un bar, con un café delante de mí y un camarero con cara de póker.
Qué sin sentido y qué absurdo todo... no encuentro representante porque tengo cuarenta años y no tengo un contrato de televisión y porque una carrera teatral no da dinero, esa es la triste realidad, pero hoy el universo me ha hecho un bonito regalo y he recibido tantas muestras de sincero cariño que solo por eso merece la pena la lucha.
En todos los rincones hay gente luchando y en algunos sin esperanza de cambio, nosotros seguimos siendo unos privilegiados y eso no hay que perderlo nunca de vista.
Cuando he abierto el correo y os he encontrado... uf! Qué alegría y que acompañada me he sentido.
Os mando un besazo.
GRACIAS.
Lidia