En el suplemento del New York Times leí la semana pasada una noticia que me fascinó. En Pekín una chica de 29 años, Ouyang Junying, acude casi cada mañana a uno de los puntos más conflictivos del tráfico pekinés y, mientras los coches pasan a su lado, entre bocinazos y humos, abre un libro y se pone a leer en voz alta.
Hace esto desde hace casi cinco años, en que decidió estudiar inglés y descubrió que los ruidos le ayudan a concentrarse. Confiesa que no acude a un parque porque están atestados y la gente se fijaría en ella, pero el que la miren desde los coches no la desconcentra. Y continúa así, día tras día, mientras Pekín la mira y ella lee.