jueves, febrero 03, 2005




Los exámenes en el instituto de Talavera solían durar dos días y eso me obligaba a pasar una noche fuera del pueblo. Una sobrina de mi padre era la encargada de acogerme. A mí siempre me pareció muy fina, sus hijas iban a un colegio de monjas con su uniforme y todo y desayunaban galletas con mermelada. Supongo que a la buena mujer no le hacían ninguna ilusión esas visitas anuales, pero tampoco podía hacer nada por evitarlas.
Siempre se mostró correcta, aunque a veces no podía reprimirse y se le escapaba algún comentario malintencionado sobre los productos de la tierra que siempre le llevaba. Que si los melocotones estaban un poco verdes, que si el aceite de oliva era demasiado fuerte o que si el queso estaba soso. A mí eso tanto me daba, la verdad, pero su comentario de una noche si me molestó.
"Supongo que ya te conocerán", me dijo durante la cena. Le contesté que sí, que con muchos de los que se examinaban llevaba años coincidiendo, y cuando iba a seguir dando más detalles me cortó diciendo: "No, si yo lo decía porque como siempre vienes con la misma ropa".