jueves, noviembre 25, 2004




Siempre he sido muy cuidadosa con el tema de la puntualidad. No con los horarios establecidos, eso no, pero sí con las personas. Un retraso de cinco minutos era suficiente para que llegara pidiendo disculpas. A veces, me obligaba a tomar un taxi para no demorarme aunque intuyera, como solía ocurrir, que iba a llegar la primera.
Cuando me enteré de que Alfred Adler, el díscipulo disidente de Freud, mantenía que la puntualidad era un síntoma de neurosis estuve a punto de iniciarme en el ejercicio de la impuntualidad, pero ya era demasiado tarde. Acababan de aparecer los teléfonos móviles y las esperas habían dejado de ser lo que eran. Se acabaron las incertidumbres, los desasosiegos, los gestos nerviosos mirando el reloj, el pensar que "cuando llegue lo mato" aunque luego te tiraras en sus brazos, el miedo de que no apareciera, las dudas, el temor de que se haya olvidado de la cita, el decirte entre dientes "si es que soy gilipollas por llegar tan pronto", el creer que a la fuerza tenía que haberle pasado algo, el darle sólo cinco minutos más y si no ha venido me largo, bueno mejor diez...
Eso sí eran auténticas citas. Ahora como mucho se queda.