miércoles, julio 14, 2004




Una tarde al ir a tomar el Metro junto con una amiga, nos abordó un chico francés que nos pidió dinero para dormir esa noche en una pensión. Sus amigos, nos contó, acababan de irse a Zaragoza y él había perdido el tren. Le dijimos que podíamos alojarlo en mi casa por esa noche y nos fuimos en Metro hacia allí. En el trayecto comentó que tenía hambre, y le dijimos que no se preocupara, que algo habría para cenar. Le gustaría tomar algo de queso, puntualizó. A nosotras nos sorprendió, pero pensamos que como era francés, pues sería por eso. Nosotras dormimos en el dormitorio y a él le montamos la cama en una tarima que usaba en el salón a modo de sofá.

A la mañana siguiente toda su preocupación era que su radiocasete no "rellistraba"; no "rellistra", no "rellistra", insistía; me pidió un destornillador y nos preguntó donde podría comprar un fusible, para que su aparato "rellistrara", supusimos. No dejaba de sorprendernos que a alguien que estaba tirado en una ciudad desconocida sin dinero le preocupase algo tan banal. Más tarde le acompañamos a casa de mi amiga, que vivía muy cerca, para que pudiera hablar por teléfono, y después de una llamada eterna a Zaragoza se despidió de nosotras. Al volver a casa me di cuenta de que todas las fundas de mis casetes estaban vacías y el destornillador había desaparecido; a los dos meses mi amiga comprobó que la llamada no había sido a Zaragoza, sino a París y la Telefónica le facturaba casi tres mil pesetas por ella.

Al mes siguiente conocimos a un jovencísimo piloto de la Pan Am que estaba en Madrid de paso; era un tipo muy interesante y divertido. Una noche mientras cenábamos los tres le contamos la historia del francés. Nuestra ingenuidad lo dejó perplejo. Se interesó por las cintas que se había llevado y por el importe de la factura y nos dijo que le gustaría restituirnos el dinero perdido para que olvidáramos el incidente y siguiéramos confiando en el género humano. Nos reímos las dos y, por supuesto, rechazamos su ofrecimiento.

Días después tuvo que regresar precipitadamente a California. Antes nos llamó para despedirse y nos dijo que en la recepción de su hotel nos dejaba un paquete con un jersey suyo que a las dos nos había encantado. Cuando por la tarde fuimos a recogerlo y lo abrimos, además del jersey de tacto sedoso encontramos un montón de cintas de música clásica y un sobre con varios billetes de cinco dólares, unas tres mil pesetas al cambio.