lunes, junio 28, 2004




Antes de que los mensajeros anegaran con sus ciclomotores las grandes ciudades y se hicieran imprescindibles para la vida diaria de grandes y pequeñas empresas, los críos de pueblo ya éramos profesionales, inconscientes, del asunto. No hacíamos otra cosa, aparte de ir a la escuela. Vete a por el pan, a por la leche, nos decían; pídele a la abuela un poco de perejil, mandaba la madre, tráeme un paquete de Celtas, ordenaba el padre. Asómate a ver qué pregonan, lleva estos huesos a la perra de tío Paco, vete a recoger la cabra, pregunta a tía Carmen que a qué hora es la misa..., y así todos los días todos los días del año.

Un día mi madre me hizo un encargo muy peculiar que normalmente no solía delegar: ir a pagar la iguala al médico. Me lo pidió porque estábamos fuera de fecha y pensó que a una niña no le reprocharían el retraso. Pero se equivocó. El médico cogió las monedas y me dijo: dile a tu madre que cuando os pongáis enfermos iré a visitaros dos días más tarde. No supe a qué se refería, pero eso me pasaba a menudo y no me sorprendió; no obstante, le di el recado a mi madre letra por letra. Y me tocó volver otra vez a casa del médico con la respuesta de mi madre. Cuando me abrió la puerta le dije muy seria: dice mi madre que muchas gracias pero que no se preocupe, que le avisaremos dos días antes.

Y me fui a jugar.