sábado, noviembre 26, 2016




Mi otro yo, el yo fabulador, lo heredé de mi padre. A él, como a mí, le gustaba cambiar la realidad, sustraerse a ella, quizás por esa razón casi siempre estaba contento. Cuando la conoció, le dijo a mi madre que tenía un año menos, porque debió pensar que seis años de diferencia eran excesivos pero cinco ya eran razonables. Mi madre, durante toda su vida, le reprochó que fuera en el Registro Civil, el día de su boda, cuando se enterase del engaño. A mí padre ese incidente no le parecía importante. Ni a mí tampoco.
Mi otro yo estuvo dormido durante los años que viví en el pueblo, quizás porque allí era difícil inventarse nada, todos sabían lo que les ocurría a los otros. No podías salir a por el pan y volver diciendo que habías estado en la ópera, como años después leí que hacía Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, o quizás simplemente es que estaba resignada a que no me pasara nada. Vivir en un espacio tan cerrado, tan estrecho, es tan poco saludable que la desidia se apodera de ti y te abandonas.
Vivir junto al mar ya fue otra cosa, y cuando a los dieciséis años me fui a Benidorm empecé a apuntar maneras de impostora. Por entonces trabajaba de camarera de comedor en un hotel. El ritmo era tan frenético que en ocasiones resbalábamos e íbamos a parar al suelo. Como es natural, se armaba un alboroto, pero finalmente los compañeros se reían y los clientes terminaban aplaudiendo. No había pasado nada grave. En mi primera caída, mi otro yo me sugirió que me hiciera la “muerta”, que simulara un desmayo. Y me quedé quieta en el suelo hasta que vinieron en mi ayuda. Fingí que recobraba el conocimiento poco a poco, me ofrecieron un vaso de agua y salí del comedor apoyada en el brazo del maitre.
De los quince a los treinta fueron mis años más activos como simuladora, inventaba a diestro y siniestro, no me cortaba ante nada ni ante nadie. Si algo de lo que me rodeaba no me gustaba, le daba la vuelta y lo amarillo se convertía en rojo, lo aburrido en divertido y lo cotidiano en extraordinario.
Una de las historias que más disfruté fue la del arquitecto. Tenía yo entonces veintiocho años y estaba enamorada perdidamente de un chico, al que llamaré S, que no me correspondía con el mismo entusiamo. Me incomodaban tanto sus coqueteos con otras que pensé que lo mejor sería que sufriera en carne propia esa desagradable sensación. Me inventé un “novio” extra y lo hice arquitecto porque a S la arquitectura siempre le había parecido una ocupación interesante (por esa mezcla de técnica y arte que, al menos en teoría, se les supone a los arquitectos). Mi “arquitecto” era de Barcelona, pero vivía temporalmente en Madrid, en un ático precioso en la calle de la Bola. Por entonces el sueño de S, que vivía en un piso interior, era tener una casa con mucha luz, y ya me ocupé yo de señalarle el ático de mi enamorado ficticio un día que paseábamos por el barrio de los Austrias.
La relación con el arquitecto era perfecta para mis fines: que S se tomaba una caña con su ex, pues el arquitecto me llevaba a cenar; que, más tarde, S y yo nos reconciliábamos y estábamos diez días seguidos sin despegarnos el uno del otro, pues el arquitecto siempre tenía algo que hacer y no me llamaba. Además era muy obsequioso y, providencialmente, siempre me mandaba flores el día en que S iba a mi casa, y no unas flores corrientes, qué va, era de gustos muy refinados. Siempre solía llamarme en el momento oportuno. Yo disfrutaba haciendo risas con él por teléfono mientras S disimulaba su enojo. El arquitecto viajaba mucho, pero casi siempre sus viajes coincidían con periodos en los que S y yo estábamos bien. Y se fue a vivir a Nueva York casualmente cuando mi relacion se estabilizó.
Años después le confesé a S lo mal que había llevado esos coqueteos. ·Tampoco tú perdiste el tiempo”, me contestó. “Lo perdí a mi manera -le dije-, el arquitecto sólo existió en mi imaginación”. “¿Y las flores?” “Las flores me las enviaba yo, me dejé una pasta en el Bourguignon de Alonso Martínez”. “¿Y el ático del barrio de los Austrias?” “Ni idea de quién sería, pero me gustaba por las plantas que tenía”. “¿Y las llamadas telefónicas?” “Eso se lo encomendé al despertador automático de Telefónica. Eso sí, me dolía la oreja de tanto apretar el auricular para que no oyeras decir a la operadora: dieciocho horas cinco minutos veinte segundos, dieciocho horas cinco minutos cuarenta segundos...”
No sólo no se sintió molesto sino que creo que le halagó que me hubiera tomado tanto trabajo.
Poco a poco, cuando mi vida se fue acomodando a lo que había esperado de ella, fui abandonando esa necesidad de fingir, y cuando a los cuarenta años leí El diario de Edith de Patricia Highsmith pensé aterrada que ese podría haber sido mi final: vivir en un universo paralelo.




lunes, noviembre 21, 2016




La lectura


Mi pasión por la lectura viene de muy lejos. Es más, tengo la certeza de que si con tres años aprendí a leer sola fue porque ya intuía que mi vida iba a mejorar, que habría un antes y un después, que a partir de ese momento dejaría de estar sola, y que todos esos personajes que pululaban por ahí iban a ser una buena compañía y un ejemplo a seguir, y que la vida sin ellos casi no merecía la pena vivirse. Mis primeras lecturas no fueron demasiado edificantes: durante años devoré fotonovelas con la misma pasión con la que ahora leo a Alice Munro. Me gustaban esas historias de amores difíciles, donde las parejas pasaban por mil contrariedades para acabar siempre reconciliadas y juntas. Eso era bonito. Te embargaba una emoción y un anhelo que te llevaban fácilmente a las lágrimas, pero con el tiempo me di cuenta de que mis intereses no iban por ahí: claro que quería sentirme amada pero el casamiento era algo con lo que nunca soñé. Es más, tras esos finales que se suponían felices yo veía el tedio agazapado, y quizás por eso me satisfacieron más esos finales abiertos que encontré en mis siguientes lecturas, esos finales que no eran finales, que me hacían creer que a los personajes les iban a seguir pasando cosas, buenas o malas tanto daba, lo importante es que les pasaran. La felicidad y el tedio, pensaba, están a veces demasiado cerca como para no salir corriendo.

Mis lecturas siempre fueron muy erráticas. Mezclaba clásicos con autores recién publicados y dejaba para otro momento, que muchas veces nunca llegó, libros que me aburrían o que se me resistían en las primeras cincuenta páginas. Lo que buscaba era que me enamoraran y eso ocurrió muchas veces. Cuando eso se producía leía todo lo que hubiera publicado de ese autor, lo que se hubiera escrito sobre él, su correspondencia, sus biografías, y durante un tiempo mis días giraban en torno a esa persona.
Al principio me acercaba a un autor leyendo primero sus novelas y luego pasaba a otros textos, pero con el paso de los años me interesan cada vez más las autobiografías, los libros de memorias, y sobre todo las cartas. Me interesa mucho más el Flaubert que escribía a Louise Colet que el de Madame Bovary, de la misma manera que me han fascinado las cartas de Emilia Pardo Bazán a Galdós y no tengo ni la más mínima curiosidad por leer su obra novelística.

Cuando hace unos años se despertó mi interés por el teatro creí que me aficionaría también a leer esos textos, pero me equivoqué. Los textos teatrales no me interesan. Me aburren con su simplificación, me resultan romos y faltos de vida. Verlos representados es otra cosa: es como si floreciesen. Puedes leer Ricardo III y salir indemne pero cuando oyes a un actor decir “mañana en la batalla piensa en mí” y repetir esa frase como una letanía se te hiela la sangre. Y eso que Shakespeare no es mi autor preferido, quizá porque abusa de los crímenes. Prefiero a Chejov, porque sus personajes, como leí una vez, vuelven casi todos a su casa, jodidos, pero vuelven. Pero sobre todo porque los personajes de Shakespeare no son lectores, no te los imaginas con un libro en la mano, ni dentro de la escena ni fuera de ella. Esa gente no lee, no tengo ninguna duda. Sin embargo los personajes chejovianos leen con toda certeza: leen las tres hermanas, y la dama del perrito seguro que también es una gran lectora.

Otro de los placeres de la lectura es saber que podrás seguir disfrutándola durante el resto de tu vida, que no necesitas muchas energías para leer un libro, que pasarán los años y te seguirá acompañando, que quizás tengas que ponerte gafas o buscar libros con la letra más grande, pero eso poco importará. Porque cada tanto descubrirás a un autor que te reconciliará con la vida, que la hará más llevadera, y te preguntarás cómo es posible que hayas tardado tanto en llegar a él o a ella, como ayer me preguntaba al concluir mi lectura de Amy e Isabelle de Elizabeth Strout. A sus pies, señora.




domingo, noviembre 13, 2016




Con el paso de los años mi madre y sus hermanas fueron recuperando la alegría y dejando atrás el luto por la muerte de mi tía. Sin embargo, mi abuelo nunca se recobró: María era su hija mayor, su preferida, y a causa de su pérdida empezaron los problemas para él. Se refugió en la bebida, aunque eso sólo se supo después porque siempre lo ocultó y jamás consintió que nadie lo viera ebrio. Nunca frecuentó los bares del pueblo. Cogía su botella de vino, se perdía por el campo y volvía después de dormirla. Un día, como la familia supo más tarde, le pidió ayuda al médico del pueblo para librarse de esa adicción. El médico le prometió encargar algún remedio, pero cuando días después le dijo que ya lo tenía y que podía pasarse por la consulta, mi abuelo se limitó a darle las gracias y a decirle que ya no lo necesitaba. Al día siguiente se ató de pies y manos y se tiró a un pozo 
Cuando mi abuelo se quitó la vida lo primero que me vino a la memoria fue el velo de novia de mi tía María sobresaliendo del ataúd. Le pregunté a mi madre si también al abuelo iban a vestirle de novio y le arranqué la única sonrisa que se permitió en varios meses. Le hicieron la autopsia en un cuartucho que había en el cementerio de mi pueblo y cuando devolvieron a la familia la palangana que les habían pedido, la hermana menor de mi madre se puso a gritarle al médico forense por no haber quitado los restos de sangre de ella. Esos gritos de dolor hicieron que los pequeños fuéramos conscientes del drama que estaba viviendo nuestra familia.
No hubo oficio religioso y le enterraron en una especie de corralillo que había en el cementerio, destinado a suicidas y bebés sin bautizar. Quisieron poner en la tumba una lápida de mármol blanco como la que mi abuelo había elegido para mi tía, pero según les dijeron en ese recinto no estaba permitido ni siquiera una cruz de madera. A ese espacio no consagrado se accedía desde la calle a través de una puerta de la que nadie tenía llave, y eso obligaba a mi madre y a sus hermanas treintañeras a saltar la pared de más de un metro cada vez que querían acercarse a la tumba de su padre. Y esa es la imagen que se me ha quedado grabada: mi madre y mis tías vestidas de negro riguroso, con medias y pañuelo, haciendo equilibrios sobre una tapia.

Mi primera escuela fue una troje, la troje de tía Longina, un espacio frío y escaso de luz, habilitado para tal uso. Los pupitres de madera eran viejos, inclinados y cubiertos de rayones. El tintero se colocaba en un agujero en la parte superior. En algunos de ellos había una mancha que cruzaba el tablero producida por una caída accidental o un descuido.

Dos o tres años después se inauguró un edificio con hermosos ventanales y hasta con cuarto de baño. Esto último era lo que más llamaba la atención del pueblo. Construyeron una fosa séptica, pero se olvidaron de que no había agua corriente y desde el primer día esos servicios tan ansiados por todos se convirtieron en el cuarto trastero y los grifos se cubrieron de polvo. Nunca olieron como suelen oler los cuartos de baño, siguieron oliendo a yeso. A yeso y a polvo.

Doña Enma, la maestra, era una gallega que nada más llegar se ennovió con el médico del pueblo y al poco tiempo se casó con él y formó una familia. Dedicaba las clases a tejer jerseicitos para sus retoños, y a sus alumnas simplemente les informaba de lo que harían al día siguiente. Cuando decía “Mañana vamos a sumar”, no es que tuviera intención de explicar tal operación. Se limitaba a sacarnos a la pizarra y a constatar si sabíamos sumar o no. Sólo las que tenían unos padres diligentes y esforzados salían airosas.

No había libros de texto, solo una enciclopedia que servía para todas las materias y para todos los años que pasáramos en la escuela. Lo que si había era mucho frío. A pesar de llevar siempre mucha ropa encima, los pies se nos quedaban helados, así que traíamos de casa un braserillo: una lata grande y redonda de sardinas a la que se ponía un alambre que servía de asa y se llenaba de brasas.

Recuerdo que un día nos hizo un dictado. Corto, de tres o cuatro líneas. Al terminar, fue llamando a su mesa una a una a todas las niñas. La maestra corregía las faltas y decía un número: “cinco”, “ocho”, “siete”... La niña extendía la mano y la maestra con una regla le iba dando igual número de palmetazos. Cuando me tocó el turno, la maestra dijo “uno” y aunque debería haberme alegrado por un resultado tan satisfactorio alargué la mano indignada y sentí que aquello no era justo.

Mi madre también debió pensar que allí sólo perdía el tiempo y a los nueve años decidió sacarme de la escuela y pedirle al maestro, el que enseñaba a los chicos, que me preparara para hacer el ingreso al bachillerato.

Me sentaba en mi casa, sola, a estudiar, Y a la hora del recreo y al acabar las clases a mediodía y por la tarde, cuando don Julián terminada sus clases, iba a la escuela de los niños y me tomaba la lección y me ponía la tarea para el día siguiente. Mi madre preguntaba con asiduidad al maestro cómo iba su hija y él siempre decía lo mismo: “Es muy lista, pero está muy verde”.

Me pasé mi niñez oyendo decir que era muy lista. Las vecinas le comentaban a mi madre que era muy lista, tan lista que seguro que terminaría casándome con un maestro. Mi madre que no había leído El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir, ni sabía nada de Virginia Wolf y su habitación propia, les contestaba siempre lo mismo: la maestra será ella. También aludían a mi inteligencia cuando se lamentaban de que fuera zurda, decían “con lo lista que es, qué pena que sea zurda”. A mí lo de ser lista me parecía tan normal como ser alta y solo después de mucho tiempo me di cuenta de que si una es alta podía decirlo sin que la miraran mal pero si una era lista lo mejor era que no hiciera alarde de ello. Cuando llegó la hora del examen y como mi madre no tenía la certeza de que fueran a dejar que me presentara siendo tan cría, me prometió que si lo lograba y si además aprobaba, me compraría un reloj. A mí aquello me pareció un sueño. Me miraba la muñeca y me imaginaba cómo me quedaría cuando llegara ese momento.

Llegó junio, llegó un notable, pero el reloj nunca llegó.
Empecé a estudiar el Bachillerato con diez años. Eramos solo seis alumnos los que habíamos abandonado la escuela y optado por estudiar. En mi pueblo ir a la escuela no era estudiar, era simplemente ir a la escuela, estudiar era algo más serio. El grupo lo componíamos: dos chicos, dos chicas, mi hermana y yo. Todos eran mayores que yo, como mínimo dos años.Y claro que estudiábamos, lo hacíamos a todas horas, todos los días de la semana, salvo los momentos en que nos acercábamos a la escuela a que el maestro nos tomara la lección o nos corrigiera los problemas de matemáticas o de química. Era como preparar una oposición: nosotros memorizábamos en casa y luego íbamos a cantar el tema. Con la teoría no había problemas, ni siquiera con el francés porque tanto él como nosotros desconocíamos que se leía de una forma y se pronunciaba de otra, Donde el pobre hombre sudaba sangre era con los problemas porque en muchas ocasiones no sabía cómo resolverlos y daba por buena nuestra propuesta aunque el resultado no coincidiera con el que el libro informaba en las páginas finales. En esos casos él lo atribuía a un error de imprenta, pero a medida que avanzaban los cursos los errores de imprenta se fueron multiplicando y en cuarto de Bachiller hubo de admitir que hacía demasiados años que había estudiado y que apenas recordaba ya nada. Cada año en junio cogíamos el autobús y nos íbamos a Talavera de la Reina donde en dos días nos examinaban de todas las materias. A mí esos viajes me encantaban, y me gustaba hacer exámenes con dos excepciones: el dibujo porque aunque nunca tuve mano, agudizado seguramente por ser zurda contrariada, lo que sí tuve siempre fue ojo y yo era la primera en darme cuenta de los desaguisados que pertrechaba; y la gimnasia, porque hacer ejercicio con camisa, falda y bombachos siempre me pareció un despróposito y los dos ejercicios obligatorios, el pino y el puente, a pesar de mis cientos de intentos nunca fui capaz de hacerlos.
Durante esos años estuve un poco desubicada: mis amigas seguían siendo las de mi edad pero no participaba en nada con ellas porque estaba siempre estudiando y apenas las veía un rato los domingos por las tardes que eran nuestras únicas horas de asueto. Me hubiera gustado ser cantora, y cantar en la misa como hacían ellas cada domingo, pero como no podía perder el tiempo yendo a los ensayos me estaba vedado. Tampoco tenía mucho éxito con los chicos, quizás porque mi madre se gastaba el poco dinero que había en libros de texto en vez de en ropa y si no estrenabas no llamabas la atención. No existías. También me hubiera gustado bailar la jota, que era la pieza de cierre de todos los bailes del pueblo, pero aunque simulaba hacerlo yo sabía que había algo que se me escapaba y no disfrutaba con ese baile.
Los veranos, ya sin obligaciones escolares, se pasaban volando. No había piscina y todo nuestro entretenimiento era pasear por la carretera los domingos arriba y abajo. Tampoco había libros para leer solo fotonovelas que durante años devoré con la misma pasión con la que ahora leo a Alice Munro. Mis primas mayores nos las prestaban y durante el verano leíamos todas las que habían comprado a lo largo del año. Me gustaban esas historias de amores difíciles, donde las parejas pasaban por mil contrariedades para acabar siempre reconciliadas y juntas. Eso era bonito. Te embargaba una emoción y un anhelo que te llevaban fácilmente a las lágrimas, pero con el tiempo me di cuenta de que mis intereses no iban por ahí: claro que quería sentirme amada pero el casamiento era algo con lo que nunca soñé. Es más, tras esos finales que se suponían felices yo veía el tedio agazapado, y quizás por eso me satisfacieron más esos finales abiertos que encontré en mis siguientes lecturas años después, esos finales que no eran finales, que me hacían creer que a los personajes les iban a seguir pasando cosas, buenas o malas tanto daba, lo importante es que les pasaran. La felicidad y el tedio, pensaba, están a veces demasiado cerca como para no salir corriendo.
Como el maestro sólo había estudiado el Bachiller Elemental, cuando llegamos al quinto curso mi hermana y yo tuvimos que salir del pueblo. Mi madre alquiló a una prima suya la casa que tenían en Talavera y allí nos fuimos a vivir dos años para poder seguir estudiando y nos matriculamos en el instituto. Al principio no nos lo podíamos creer, que nos fueran a examinar los mismos profesores que nos daban clase era como hacer trampa, y que en clase te explicaran todos los problemas y te dieran la tarea casi hecha nos llenaba de alegría. Apenas dedicábamos tiempo al estudio y obteníamos buenos resultados. Eso era vida. En realidad vivíamos en Talavera de lunes a viernes porque casi todos los fines de semana cogíamos el correo y nos íbamos al pueblo de donde volvíamos al lunes siguiente con una maleta llena de patatas, de garbanzos, de huevos, de acelgas, de botellas de aceite. Mi hermana, que entonces tenía 18 años era la encargada de acarrear la maleta desde la estación hasta la casa donde vivíamos que estaba en el otro extremo de la ciudad, y recuerdo que teníamos que parar de vez en cuando para que recuperara el aliento.
Cuando en junio terminamos el quinto de bachiller, mis padres decidieron que nos fuéramos a hacer la temporada de verano a Benidorm, a trabajar en la hostelería. Nos fuimos mi padre, mi hermana y yo, y fue la primera vez en mi vida que vi el mar. El descubrimiento fue fascinante, nunca había pensado que fuera tan azul, ni que estuviera tan levantado en el horizonte, ya desde kilómetros antes de llegar se le veía al fondo inmenso y tranquilo. Antes de ese viaje solo había estado una vez en Madrid a los nueve años y otra en Toledo. Y tanto como el mar me asombró cruzar La Mancha, con esos pueblos dejados caer en la llanura inmensa, y sin ninguna montaña que los protegiera. Recuerdo que me pregunté donde se escondería esa pobre gente cuando necesitara hacerlo.
Mi prima Nela, que ya llevaba en Benidorm algunos meses, fue la encargada de acogernos. Habló con la gobernanta del hotel donde trabajaba y nos acomodaron en una habitación la primera noche. Al día siguiente nos fuimos los cuatro a buscar trabajo de hotel en hotel. Con mi hermana y conmigo no había ningún problema, en muchos de los que preguntamos necesitaban camareras de pisos pero para mi padre, que entonces tenía 46 años, el asunto estaba complicado. Decidimos ofrecernos en un lote, o los tres o ninguno, y a media tarde encontramos trabajo en el Hotel Helios. El edificio acababa de construirse y nuestra tarea sería limpiar todas las estancias para que al mes siguiente pudiera inaugurarse. El sueldo era de 5000 pesetas al mes, algo superior a lo que se pagaba en otros hoteles, pero con la condición de que se trabajara de lunes a domingo y no se librara ningún día. Trabajábamos diez horas diarias pero no lo llevé mal, todo el mundo estaba muy animado y nadie se quejaba, y a veces después de trabajar nos íbamos a un bar que había allí cerca y pedíamos una cocacola y un Apolo y volvíamos corriendo a acostarnos porque el cansancio nos podía. Cuando al mes siguiente abrieron el hotel fue como si nos ascendieran, dejamos de respirar polvo de yeso y nos quitamos los pañuelos con los que nos protegíamos el pelo y nos pusimos unos uniformes nuevos que nos favorecían. La verdad era que los uniformes de camarera de comedor eran los más bonitos, los de las camareras de pisos eran de color rosa, a cuadritos, pero estábamos muy guapas a pesar de todo. Tenía una amiga, Charo, que solo tenía trece años, y que a veces mientras hacía las habitaciones se tumbaba en la cama y se quedaba dormida, y pasaba todos mis ratos libres con ella. Nuestra mayor diversión era coger el ascensor y subir y bajar a los clientes o hacerlo solas, y salir corriendo cuando veíamos aparecer al director o al jefe de recepción. Nos gustaba también probar todas las colonias que encontrábamos en las habitaciones hasta que nos dimos cuenta que el olor nos delataba ante la gobernanta o comer bombones o cualquier otra chuchería que encontráramos apetecible.
A finales de agosto mi hermana y yo dejamos Benidorm, sin haber pisado la playa, y volvimos a nuestra rutina de estudio en Talavera. Mi padre siguió trabajando de jardinero en el hotel unos meses más. En noviembre de ese año nació mi hermana Nieves. A mí me disgustó enormemente ese embarazo. Me pareció un disparate tener una nueva hermana a mi edad y cuando en el instituto nos dieron el recado de la buena nueva y todas las chicas nos felicitaban yo las miraba enfurruñada y no entendía que se nos pudiera felicitar por una cosa así. En sexto de Bachiller nos relajamos tanto que por primera vez me quedó una asignatura pendiente en junio, a mi hermana dos, y en verano volvimos de nuevo a trabajar a Benidorm al mismo hotel del año anterior. En septiembre en vez de regresar al pueblo mi padre alquiló un apartamento en el Rincón de Loix y mi madre, mi hermano y mi hermana pequeña se vinieron a vivir a Benidorm.
Esos dos años vividos allí los recuerdo con alegría. Teníamos dinero, íbamos a la playa, a bailar a la discoteca del hotel, con el tiempo ascendí de camarera de pisos a camarera de comedor y las propinas aumentaron. Le dábamos el sueldo íntegro a mis padres pero las propinas nos permitían comprarnos ropa, y pagarnos las clases de francés e inglés que tomábamos por las tardes. Me enamoré del maitre del hotel, un joven llamado Felipe que me veía como a una cría y no me hacía ni caso, pero a mí eso no me importaba demasiado, yo solo quería mirarle y sentir que estaba cerca. Me gustaba cruzarme con él y sentarme a su lado a la hora de comer. Y un día nos llevó en su coche a ver las fuentes del Algar en una excursión que aún recuerdo con emoción.
Por aquel entonces mataron a Carrero Blanco y hubo tres días de luto. Preguntábamos que si era Franco que era al único al que conocíamos pero nos dijeron que no que era Blanco, Carrero Blanco, pero ese nombre no nos decía nada y no insistimos. Finalmente los tres días de luto quedaron reducidos a uno en Benidorm porque las autoridades consideraron que los turistas no tenían la culpa y cerrar las discotecas tres días era un despropçosito.
Uno de mis entretenimientos de aquella época era recoger todos las novelas en inglés que los clientes se dejaban al marchar y organizar una pequeña biblioteca en un radiador del pasillo de mi planta. Animaba a los clientes nuevos a que se sirvieran a su gusto y les pedía que después de leerlas las dejaran de nuevo allí. Al principio la gobernanta puso mala cara pero la convencí contándole lo contentos que se ponían los clientes cuando les explicaba que esos libros estaban a su disposición. La noticia se corrió por el hotel y venían clientes de otras plantas a buscar algo para leer y cuando se iban me regalaban los libros que hubieron traído por lo que en unos meses aumentaron considerablemente mis existencias. La pena es que a mí no me sirvieran, mi inglés era muy rudimentario, y aunque lo poco que hablaba lo hacía con mucha fluidez era impensable ponerme a leer en esa lengua. Así que me compraba en el quiosco libros de la colección Reno de Plaza y Janés y empecé a leer a Moravia, Gorki, Pearl S. Buck o Vicky Baum.
El trabajo de camarera de comedor resultó más animado que el de trabajar en los pisos aunque tenía el inconveniente de que el ritmo era más frenético y había que pelearse con la gente de la cocina que nunca te ponían las patatas fritas que les pedías o no tenían los platos limpios a tiempo para montar las mesas. Además como los ingleses comían muy pronto, a la una y a las ocho de la tarde cuando abría el comedor se sentaban todos a la vez a comer y de pronto te encontrabas con doce mesas llenas de gente a las que atender al mismo tiempo. En los años setenta aún no había servicio de buffet y la comida se sacaba de la cocina emplatada o en grandes bandejas. Como era la más cría y, además, rápida como una comadreja, mis mesas siempre estaban al final del inmenso comedor, con lo que tenía que recorrer interminables distancias desde la cocina hasta mis clientes. Eso no era un inconveniente para mí pero con tantos desplazamientos y a la velocidad a la que trabajábamos el riesgo de resbalones aumentaba. La primera caída fue antológica: aplausos de unos comensales, risas de otros, chanzas de los camareros, felicitaciones del pasavinos... Me juré, mientras me levantaba, que aquello no se iba a repetir. Unas semanas después, al perder el equilibrio de nuevo, mientras la bandeja volaba por los aires, cerré los ojos, me dejé caer sin resistencia y me hice la muerta. Oí ruidos de sillas que se movían y pasos acelerados de compañeros que se acercaban. Me incorporaron, me dieron aire con el abanico de una turista, me sentaron en la silla del cliente más cercano y me acercaron un vaso de agua mientras yo volvía en mí y disfrutaba del protagonismo. Y salí del comedor del brazo del maître como una princesa.
Durante esos tres años de estancia en la costa volvimos en alguna ocasión al pueblo y curiosamente mi situación cambió como por arte de magia, de pronto todos los chicos querían bailar conmigo y pasé de no existir a ser una de las más exitosas, y hasta tuve por primera vez un pretendiente.
Sin embargo mi madre no estaba muy conforme con nuestra situación. Se lamentaba de que después de todo el esfuerzo que habíamos hecho al final hubiéramos acabado en un trabajo para el que no se necesitaba ninguna cualificación y que no tenía ningún futuro. Visto ahora lo más lógico hubiera sido que estudiando idiomas y con el Bachiller hecho hubiéramos intentado buscarnos un trabajo en una recepción o algo similar pero a ninguno de nosotros se nos ocurrió y pusimos todas nuestras esperanzas en Madrid. Todos los hermanos de mi padre vivían en Madrid y aunque apenas los tratábamos siempre asociamos esa ciudad con la prosperidad. Así que hicimos la maletas y mi hermana que tenía entonces veintiún años y yo con dieciocho dejamos la luz de Benidorm y nos dispusimos a hacer carrera en la capital.