El segundo trabajo en el taller de escritura que empecé este mes en Fuentetaja era escribir dos relatos iguales pero cambiando el narrador. Uno en primera persona y el otro en tercera, y con el tipo de narrador llamado omnisciente, es decir, un narrador capaz de meterse en la cabeza de todos los personajes y saberlo todo de ellos. El primero es autobiográfico como casi todo en este blog pero en el segundo dejé volar mi imaginación.
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Durante años trabajé como camarera en un hotel de la costa. Como era la más cría, recién llegada y, además, rápida como una comadreja, me adjudicaron las mesas que estaban al final del comedor, con lo que tenía que recorrer metros y metros desde la cocina hasta mis clientes. Nunca me importó, pero con tantos desplazamientos y a la velocidad a la que trabajábamos el riesgo de resbalones aumentaba. La primera caída fue antológica: aplausos de unos comensales, risas de otros, bromas de los camareros. Me juré, mientras me levantaba, que aquello no se repetiría.
Unas semanas después, al perder el equilibrio de nuevo, mientras la bandeja volaba por los aires, cerré los ojos, me dejé caer sin resistencia y me hice la muerta. Oí ruidos de sillas y pasos acelerados que se acercaban. Me incorporaron, me dieron aire con el abanico de una turista inglesa, me sentaron en la silla del cliente más cercano y me dieron un vaso de agua mientras yo volvía en mí y disfrutaba del protagonismo. Y salí del comedor del brazo del maître como una reina. Ganas me dieron de levantar la manita y hacer un gesto de despedida a mi público.
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Elisa trabajaba en el comedor de un hotel turístico. Era una adolescente espigada y con el nervio en el cuerpo. Cuando empezó le asignaron las mesas más lejanas a la cocina como se hacía con todos los nuevos y dos años después seguía con ese rango. Nunca se quejó ni pidió otro más cercano. El ritmo de trabajo era vertiginoso. Una noche, con tantas idas y venidas, resbaló y tuvo que soportar las risas y aplausos de los turistas y las bromas de sus colegas. Elisa disimuló, pero esas chanzas no le hicieron ninguna gracia.
Semanas después volvió a caerse de nuevo, pero en vez de levantarse rápidamente permaneció en el suelo simulando estar inconsciente, hasta que la ayudaron a levantarse y clientes y compañeros se volcaron con ella. Todos creyeron que se trataba de un mareo.
Todos menos el maître que siempre intuyó sus ínfulas teatreras y le ofreció su brazo para sacarla de allí. Nunca le dijo nada a Elisa, ni entonces ni años después, pero fue justo en ese momento cuando él supo que envejecerían juntos.
